1. Setenta eran muchos años en el
tiempo en que el Salmista escribía estas palabras, y eran pocos los que los
superaban; hoy, gracias a los progresos de la medicina y a la mejora de las
condiciones sociales y económicas, en muchas regiones del mundo la vida se ha
alargado notablemente. Sin embargo, sigue siendo verdad que los años pasan
aprisa; el don de la vida, a pesar de la fatiga y el dolor, es demasiado bello y
precioso para que nos cansemos de él.
He sentido el deseo, siendo yo
también anciano, de ponerme en diálogo con vosotros. Lo hago, ante todo, dando
gracias a Dios por los dones y las oportunidades que hasta hoy me ha concedido
en abundancia. Al recordar las etapas de mi existencia, que se entremezcla con
la historia de gran parte de este siglo, me vienen a la memoria los rostros de
innumerables personas, algunas de ellas particularmente queridas: son recuerdos
de hechos ordinarios y extraordinarios, de momentos alegres y de episodios
marcados por el sufrimiento. Pero, por encima de todo, experimento la mano
providente y misericordiosa de Dios Padre, el cual “ cuida del mejor modo todo
lo que existe ” (1) y que “ si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha ”
(1 Jn 5, 14). A Él me dirijo con el Salmista: “ Dios mío, me has
instruido desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas, ahora, en la
vejez y las canas, no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu brazo a la
nueva generación, tus proezas y tus victorias excelsas ” (Sal 71[70],
17-18).
Mi pensamiento se dirige con afecto a todos vosotros, queridos
ancianos de cualquier lengua o cultura. Os escribo esta carta en el año que la
Organización de las Naciones Unidas, con buen criterio, ha querido dedicar a los
ancianos para llamar la atención de toda la sociedad sobre la situación de
quien, por el peso de la edad, debe afrontar frecuentemente muchos y difíciles
problemas.
El Pontificio Consejo para los Laicos ha ofrecido ya valiosas
pautas de reflexión sobre este tema.(2) Con la presente carta deseo solamente
expresaros mi cercanía espiritual, con el estado de ánimo de quien, año tras
año, siente crecer dentro de sí una comprensión cada vez más profunda de esta
fase de la vida y, en consecuencia, se da cuenta de la necesidad de un contacto
más inmediato con sus coetáneos, para tratar de las cosas que son experiencia
común, poniéndolo todo bajo la mirada de Dios, el cual nos envuelve con su amor
y nos sostiene y conduce con su providencia.
2. Queridos hermanos y
hermanas: a nuestra edad resulta espontáneo recorrer de nuevo el pasado para
intentar hacer una especie de balance. Esta mirada retrospectiva permite una
valoración más serena y objetiva de las personas que hemos encontrado y de las
situaciones vividas a lo largo del camino. El paso del tiempo difumina los
rasgos de los acontecimientos y suaviza sus aspectos dolorosos. Por desgracia,
en la existencia de cada uno hay sobradas cruces y tribulaciones. A veces se
trata de problemas y sufrimientos que ponen a dura prueba la resistencia
psicofísica y hasta conmocionan quizás la fe misma.
No obstante, la
experiencia enseña que, con la gracia del Señor, los mismos sinsabores
cotidianos contribuyen con frecuencia a la madurez de las personas, templando su
carácter.
La reflexión que predomina, por encima de los episodios
particulares, es la que se refiere al tiempo, el cual transcurre inexorable. “
El tiempo se escapa irremediablemente ”, sentenciaba ya el antiguo poeta
latino.(3) El hombre está sumido en el tiempo: en él nace, vive y muere. Con el
nacimiento se fija una fecha, la primera de su vida, y con su muerte otra, la
última. Es el alfa y la omega, el comienzo y el final de su existencia terrena,
como subraya la tradición cristiana al esculpir estas letras del alfabeto griego
en las lápidas sepulcrales.
No obstante, aunque la existencia de cada uno
de nosotros es limitada y frágil, nos consuela el pensamiento de que, por el
alma espiritual, sobrevivimos incluso a la muerte. Además, la fe nos abre a una
“ esperanza que no defrauda ” (cf. Rm 5, 5), indicándonos la perspectiva
de la resurrección final. Por eso la Iglesia usa en la Vigilia pascual estas
mismas letras con referencia a Cristo vivo, ayer, hoy y siempre: Él es “
principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad ”.(4) La
existencia humana, aunque está sujeta al tiempo, es introducida por Cristo en el
horizonte de la inmortalidad. Él “ se ha hecho hombre entre los hombres, para
unir el principio con el fin, esto es, el hombre con Dios ”.(5)
Un
siglo complejo hacia un futuro de esperanza
3. Al dirigirme a los
ancianos, sé que hablo a personas y de personas que han realizado un largo
recorrido (cf. Sb 4, 13). Hablo a los de mi edad; me resulta fácil, por
tanto, buscar una analogía en mi experiencia personal. Nuestra vida, queridos
hermanos y hermanas, ha sido inscrita por la Providencia en este siglo XX, que
ha recibido una compleja herencia del pasado y ha sido testigo de numerosos y
extraordinarios acontecimientos.
Como tantas otras épocas de la historia,
nuestro siglo ha conocido luces y sombras. No todo han sido penumbras. Hay
muchos aspectos positivos que han sido el contrapeso de otros negativos o han
surgido de éstos últimos, como una beneficiosa reacción de la conciencia
colectiva. No obstante, es cierto —y sería tan injusto como peligroso olvidarlo—
que se han producido daños inauditos, que han incidido en la vida de millones y
millones de personas. Bastaría pensar en los conflictos surgidos en diversos
continentes, debidos a contenciosos territoriales entre Estados o al odio entre
diversas etnias. Tampoco se han de considerar menos graves las condiciones de
pobreza extrema de amplios sectores sociales en el Sur del mundo, el vergonzoso
fenómeno de la discriminación racial y la sistemática violación de los derechos
humanos en muchos países. Y, en fin, ¿qué decir de los grandes conflictos
mundiales?
Sólo en la primera parte del siglo hubo dos, de una magnitud
hasta entonces desconocida por las muertes y la destrucción ocasionadas. La
primera guerra mundial segó la vida de millones de soldados y civiles, truncando
la existencia de muchos seres humanos casi en la adolescencia o incluso en su
niñez. Y, ¿qué decir de la segunda guerra mundial? Estalló tras pocos años de
una relativa paz en el mundo, especialmente en Europa, y fue más trágica que la
anterior, con tremendas consecuencias para las naciones y los continentes. Fue
guerra total, una inaudita explosión de odio que se abalanzó brutalmente también
sobre la inerme población civil y destruyó generaciones enteras. Fue
incalculable el tributo pagado en los diversos frentes al delirio bélico y
terroríficos los estragos llevados a cabo en los campos de exterminio,
auténticos Gólgotas de la época contemporánea.
Durante muchos años, en la
segunda mitad del siglo, se ha vivido la pesadilla de la guerra fría,
esto es, la confrontación entre los dos grandes bloques ideológicos
contrapuestos, el Este y el Oeste, con una desenfrenada carrera de armamentos y
la amenaza constante de una guerra atómica capaz de destruir la humanidad
entera.(6) Gracias a Dios, esta página oscura se ha terminado con la caída en
Europa de los regímenes totalitarios opresivos, como fruto de una lucha
pacífica, que ha empuñado las armas de la verdad y la justicia.(7) Se ha
comenzado así un arduo pero provechoso proceso de diálogo y reconciliación
orientado a instaurar una convivencia más serena y solidaria entre los
pueblos.
No obstante, demasiadas Naciones están todavía muy lejos de
experimentar los beneficios de la paz y la libertad. En los últimos meses, el
violento conflicto surgido en la región de los Balcanes, que ya en los años
precedentes había sido teatro de una terrible guerra de carácter étnico, ha
suscitado gran conmoción; se ha derramado más sangre, se han intensificado las
destrucciones y se han alimentado nuevos odios. Ahora, cuando finalmente el
fragor de las armas se ha apaciguado, se comienza a pensar en la reconstrucción
en la perspectiva del nuevo milenio. Pero, mientras tanto, siguen propagándose
también en otros continentes numerosos focos de guerra, a veces con masacres y
violencias olvidadas demasiado pronto por las crónicas.
4. Aunque estos
recuerdos y estas dolorosas situaciones actuales nos entristecen, no podemos
olvidar que nuestro siglo ha visto surgir múltiples aspectos positivos, los
cuales son, al mismo tiempo, motivos de esperanza para el tercer milenio. Así,
se ha acrecentado —aunque entre tantas contradicciones, especialmente en lo que
se refiere al respeto de la vida de cada ser humano— la conciencia de los
derechos humanos universales, proclamados en declaraciones solemnes que
comprometen a los pueblos.
Asimismo, se ha desarrollado el sentido del
derecho de los pueblos al autogobierno, en el marco de relaciones nacionales e
internacionales inspirados en la valoración de las identidades culturales y, al
mismo tiempo, al respeto de las minorías. La caída de los sistemas totalitarios,
como los del Este europeo, ha hecho percibir mejor y más universalmente el valor
de la democracia y del libre mercado, aunque planteando el gran desafío de
compaginar la libertad y la justicia social.
También se ha de considerar
un gran don de Dios el que las religiones estén intentando, cada vez con mayor
determinación, un diálogo que les permita ser un factor fundamental de paz y de
unidad para el mundo.
Tampoco se ha de olvidar que aumenta en la
conciencia común el debido reconocimiento a la dignidad de la
mujer.
Indudablemente, queda aún mucho camino por andar, pero se ha trazado
el rumbo a seguir. También es motivo de esperanza el auge de las comunicaciones
que, favorecidas por la tecnología actual, permiten superar los límites
tradicionales y hacernos sentir ciudadanos del mundo.
Otro campo
importante en el que se ha madurado es la nueva sensibilidad ecológica, la cual
merece ser alentada. También son factores de esperanza los grandes progresos de
la medicina y de las ciencias aplicadas al bienestar del hombre.
Así
pues, hay tantos motivos por los que debemos dar gracias a Dios. A pesar de
todo, este final de siglo presenta grandes posibilidades de paz y de progreso.
De las mismas pruebas por las que ha pasado nuestra generación surge una luz
capaz de iluminar los años de nuestra vejez. Se confirma así un principio muy
entrañable para la tradición cristiana: “ Las tribulaciones no sólo no destruyen
la esperanza, sino que son su fundamento ”.(8)
Por tanto, mientras el
siglo y el milenio están llegando a su ocaso y se vislumbra ya el alba de una
nueva época para la humanidad, es importante que nos detengamos a meditar sobre
la realidad del tiempo que pasa con rapidez, no para resignarnos a un destino
inexorable, sino para valorar plenamente los años que nos quedan por
vivir.
El otoño de la vida
5. ¿Qué es la vejez? A
veces se habla de ella como del otoño de la vida —como ya decía Cicerón (9) —,
por analogía con las estaciones del año y la sucesión de los ciclos de la
naturaleza. Basta observar a lo largo del año los cambios de paisaje en la
montaña y en la llanura, en los prados, los valles y los bosques, en los árboles
y las plantas. Hay una gran semejanza entre los biorritmos del hombre y los
ciclos de la naturaleza, de la cual él mismo forma parte.
Al mismo
tiempo, sin embargo, el hombre se distingue de cualquier otra realidad que lo
rodea porque es persona. Plasmado a imagen y semejanza de Dios, es un sujeto
consciente y responsable. Aún así, también en su dimensión espiritual el hombre
experimenta la sucesión de fases diversas, igualmente fugaces. A San Efrén el
Sirio le gustaba comparar la vida con los dedos de una mano, bien para demostrar
que los dedos no son más largos de un palmo, bien para indicar que cada etapa de
la vida, al igual que cada dedo, tiene una característica peculiar, y “ los
dedos representan los cinco peldaños sobre los que el hombre avanza
”.(10)
Por tanto, así como la infancia y la juventud son el periodo en el
cual el ser humano está en formación, vive proyectado hacia el futuro y, tomando
conciencia de sus capacidades, hilvana proyectos para la edad adulta, también la
vejez tiene sus ventajas porque —como observa San Jerónimo—, atenuando el ímpetu
de las pasiones, “ acrecienta la sabiduría, da consejos más maduros ”.(11) En
cierto sentido, es la época privilegiada de aquella sabiduría que generalmente
es fruto de la experiencia, porque “ el tiempo es un gran maestro ”.(12) Es bien
conocida la oración del Salmista: “ Enséñanos a calcular nuestros años, para que
adquiramos un corazón sensato ” (Sal 90 [89], 12).
Los
ancianos en la Sagrada Escritura
6. “ Juventud y pelo negro,
vanidad ”, observa el Eclesiastés (11, 10). La Biblia no se recata en llamar la
atención sobre la caducidad de la vida y del tiempo, que pasa inexorablemente, a
veces con un realismo descarnado: “ ¡Vanidad de vanidades! [...] ¡vanidad de
vanidades, todo vanidad! ” (Qo 1, 2). ¿Quién no conoce esta severa advertencia
del antiguo Sabio? Nosotros los ancianos, especialmente nosotros, enseñados por
la experiencia, lo entendemos muy bien.
No obstante este realismo
desencantado, la Escritura conserva una visión muy positiva del valor de la
vida. El hombre sigue siendo un ser creado “ a imagen de Dios ” (cf. Gn
1, 26) y cada edad tiene su belleza y sus tareas. Más aún, la palabra de Dios
muestra una gran consideración por la edad avanzada, hasta el punto de que la
longevidad es interpretada como un signo de la benevolencia divina (cf.
Gn 11, 10-32). Con Abraham, del cual se subraya el privilegio de la
ancianidad, dicha benevolencia se convierte en promesa: “ De ti haré una nación
grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré
a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán
todos los linajes de la tierra ” (Gn 12, 2-3). Junto a él está Sara, la
mujer que vio envejecer su propio cuerpo pero que experimentó, en la limitación
de la carne ya marchita, el poder de Dios, que suple la insuficiencia humana.
Moisés es ya anciano cuando Dios le confía la misión de hacer salir de Egipto al
pueblo elegido. Las grandes obras realizadas en favor de Israel por mandato del
Señor no las lleva a cabo en su juventud, sino ya entrado en años. Entre otros
ejemplos de ancianos, quisiera citar la figura de Tobías, el cual, con humildad
y valentía, se compromete a observar la ley de Dios, a ayudar a los necesitados
y a soportar con paciencia la ceguera hasta que experimenta la intervención
finalmente sanadora del ángel de Dios (cf. Tb 3, 16-17); también la de
Eleazar, cuyo martirio es un testimonio de singular generosidad y fortaleza (cf.
2 Mac 6, 18-31).
7. El Nuevo Testamento, inundado de la luz de
Cristo, nos ofrece asimismo figuras elocuentes de ancianos. El Evangelio de
Lucas comienza presentando una pareja de esposos “ de avanzada edad ” (1, 7),
Isabel y Zacarías, los padres de Juan Bautista. A ellos se dirige la
misericordia del Señor (cf. Lc 1, 5-25. 39-79); a Zacarías, ya anciano,
se le anuncia el nacimiento de un hijo. Lo subraya él mismo: “ yo soy viejo y mi
mujer avanzada en edad ” (Lc 1, 18). Durante la visita de María, su
anciana prima Isabel, llena del Espíritu Santo, exclama: “ Bendita tú entre las
mujeres y bendito el fruto de tu seno ” (Lc 1, 42). Al nacer Juan
Bautista, Zacarías proclama el himno del Benedictus. He aquí una admirable
pareja de ancianos, animada por un profundo espíritu de oración.
En el
templo de Jerusalén, María y José, que habían llevado a Jesús para ofrecerlo al
Señor o, mejor dicho, para rescatarlo como primogénito según la Ley, se
encuentran con el anciano Simeón, que durante tanto tiempo había esperado la
venida del Mesías. Tomando al niño en sus brazos, Simeón bendijo a Dios y entonó
el Nunc dimitis: “ Ahora, Señor, puedes, según tu
palabra, dejar que tu
siervo se vaya en paz... ” (Lc 2, 29).
Junto a él encontramos a
Ana, una viuda de ochenta y cuatro años que frecuentaba asiduamente el Templo y
que tuvo en aquella ocasión el gozo de ver a Jesús. Observa el Evangelista que
se puso a alabar a Dios “ y hablaba del niño a todos los que esperaban la
redención de Jerusalén ” (Lc 2, 38).
Anciano es Nicodemo, notable
miembro del Sanedrín, que visita a Jesús por la noche para que no lo vean. El
divino Maestro le revelará que el Hijo de Dios es Él, venido para salvar al
mundo (cf. Jn 3, 1-21). Volvemos a encontrar a Nicodemo en el momento de
la sepultura de Cristo, cuando, llevando una mezcla de mirra y áloe, supera el
miedo y se manifiesta como discípulo del Crucificado (cf. Jn 19, 38-40).
¡Qué testimonios tan confortadores! Nos recuerdan cómo el Señor, en cualquier
edad, pide a cada uno que aporte sus propios talentos. ¡El servicio al Evangelio
no es una cuestión de edad!
Y, ¿qué podemos decir del anciano Pedro,
llamado a dar testimonio de su fe con el martirio? Un día, Jesús le había dicho:
“cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando
llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no
quieras ” (Jn 21, 18). Como Sucesor de Pedro, estas palabras me afectan
muy directamente y me hacen sentir profundamente la necesidad de tender las
manos hacia las de Cristo, obedeciendo su mandato: “ Sígueme ” (Jn 21,
19).
8. El Salmo 92 [91], como sintetizando los maravillosos testimonios
de ancianos que encontramos en la Biblia, proclama: “ El justo crecerá como una
palmera, se alzará como un cedro del Líbano; [...] En la vejez seguirá dando
fruto y estará lozano y frondoso para proclamar que el Señor es justo ” (13,
15-16). El apóstol Pablo, haciéndose eco del Salmista, escribe en la carta a
Tito: “ que los ancianos sean sobrios, dignos, sensatos, sanos en la fe, en la
caridad, en la paciencia, en el sufrimiento; que las ancianas asimismo sean en
su porte cual conviene a los santos [...]; para que enseñen a las jóvenes a ser
amantes de sus maridos y de sus hijos ” (2, 2-5).
Así pues, a la luz de
la enseñanza y según la terminología propia de la Biblia, la vejez se presenta
como un “ tiempo favorable ” para la culminación de la existencia humana y forma
parte del proyecto divino sobre cada hombre, como ese momento de la vida en el
que todo confluye, permitiéndole de este modo comprender mejor el sentido de la
vida y alcanzar la “ sabiduría del corazón ”. “ La ancianidad venerable
—advierte el libro de la Sabiduría— no es la de los muchos días ni se mide por
el número de años; la verdadera canicie para el hombre es la prudencia, y la
edad provecta, una vida inmaculada ” (4, 8-9). Es la etapa definitiva de la
madurez humana y, a la vez, expresión de la bendición
divina.
Depositarios de la memoria colectiva
9. En
el pasado se tenía un gran respeto por los ancianos. A este propósito, el poeta
latino Ovidio escribía: “ En un tiempo, había una gran reverencia por la cabeza
canosa ”.(13) Siglos antes, el poeta griego Focílides amonestaba: “ Respeta el
cabello blanco: ten con el anciano sabio la misma consideración que tienes con
tu padre ”.(14)
Si nos detenemos a analizar la situación actual,
constatamos cómo, en algunos pueblos, la ancianidad es tenida en gran estima y
aprecio; en otros, sin embargo, lo es mucho menos a causa de una mentalidad que
pone en primer término la utilidad inmediata y la productividad del hombre. A
causa de esta actitud, la llamada tercera o cuarta edad es frecuentemente
infravalorada, y los ancianos mismos se sienten inducidos a preguntarse si su
existencia es todavía útil.
Se llega incluso a proponer con creciente
insistencia la eutanasia como solución para las situaciones difíciles. Por
desgracia, el concepto de eutanasia ha ido perdiendo en estos años para muchas
personas aquellas connotaciones de horror que suscita naturalmente en quienes
son sensibles al respeto de la vida. Ciertamente, puede suceder que, en casos de
enfermedad grave, con dolores insoportables, las personas aquejadas sean
tentadas por la desesperación, y que sus seres queridos, o los encargados de su
cuidado, se sientan impulsados, movidos por una compasión malentendida, a
considerar como razonable la solución de una “ muerte dulce ”. A este propósito,
es preciso recordar que la ley moral consiente la renuncia al llamado
“ensañamiento terapéutico ”, exigiendo sólo aquellas curas que son parte de una
normal asistencia médica. Pero eso es muy diverso de la eutanasia, entendida
como provocación directa de la muerte. Más allá de las intenciones y de las
circunstancias, la eutanasia sigue siendo un acto intrínsecamente malo, una
violación de la ley divina, una ofensa a la dignidad de la persona
humana.(15)
10. Es urgente recuperar una adecuada perspectiva desde la
cual se ha de considerar la vida en su conjunto. Esta perspectiva es la
eternidad, de la cual la vida es una preparación, significativa en cada una de
sus fases. También la ancianidad tiene una misión que cumplir en el proceso de
progresiva madurez del ser humano en camino hacia la eternidad. De esta madurez
se beneficia el mismo grupo social del cual forma parte el anciano.
Los
ancianos ayudan a ver los acontecimientos terrenos con más sabiduría, porque las
vicisitudes de la vida los han hecho expertos y maduros. Ellos son depositarios
de la memoria colectiva y, por eso, intérpretes privilegiados del conjunto de
ideales y valores comunes que rigen y guían la convivencia social. Excluirlos es
como rechazar el pasado, en el cual hunde sus raíces el presente, en nombre de
una modernidad sin memoria. Los ancianos, gracias a su madura experiencia, están
en condiciones de ofrecer a los jóvenes consejos y enseñanzas
preciosas.
Desde esta perspectiva, los aspectos de la fragilidad humana,
relacionados de un modo más visible con la ancianidad, son una llamada a la
mutua dependencia y a la necesaria solidaridad que une a las generaciones entre
sí, porque toda persona está necesitada de la otra y se enriquece con los dones
y carismas de todos.
A este respecto son elocuentes las consideraciones
de un poeta que aprecio, el cual escribe: “ No es eterno sólo el futuro, ¡no
sólo!... Sí, también el pasado es la era de la eternidad: lo que ya ha sucedido,
no volverá hoy como antes... Volverá, sin embargo, como Idea, no volverá como él
mismo ”(16).
“ Honra a tu padre y a tu madre ”
11.
¿Por qué, entonces, no seguir tributando al anciano aquel respeto tan valorado
en las sanas tradiciones de muchas culturas en todos los continentes? Para los
pueblos del ámbito influenciado por la Biblia, la referencia ha sido, a través
de los siglos, el mandamiento del Decálogo: “ Honra a tu padre y a tu madre ”,
un deber, por lo demás, reconocido universalmente. De su plena y coherente
aplicación no ha surgido solamente el amor de los hijos a los padres, sino que
también se ha puesto de manifiesto el fuerte vínculo que existe entre las
generaciones. Donde el precepto es reconocido y cumplido fielmente, los ancianos
saben que no corren peligro de ser considerados un peso inútil y
embarazoso.
El mandamiento enseña, además, a respetar a los que nos han
precedido y todo el bien que han hecho: “ tu padre y tu madre ” indican el
pasado, el vínculo entre una generación y otra, la condición que hace posible la
existencia misma de un pueblo. Según la doble redacción propuesta por la Biblia
(cf. Ex 20, 2-17; Dt 5, 6-21), este mandato divino ocupa el primer
puesto en la segunda Tabla, la que concierne a los deberes del ser humano hacia
sí mismo y hacia la sociedad. Es el único al que se añade una promesa: “ Honra a
tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el
Señor, tu Dios, te va a dar ” (Ex 20, 12; cf. Dt 5,
16).
12. “ Ponte en pie ante las canas y honra el rostro del anciano ”
(Lv 19, 32). Honrar a los ancianos supone un triple deber hacia ellos:
acogerlos, asistirlos y valorar sus cualidades. En muchos ambientes eso sucede
casi espontáneamente, como por costumbre inveterada. En otros, especialmente en
las Naciones desarrolladas, parece obligado un cambio de tendencia para que los
que avanzan en años puedan envejecer con dignidad, sin temor a quedar reducidos
a personas que ya no cuenta nada. Es preciso convencerse de que es propio de una
civilización plenamente humana respetar y amar a los ancianos, porque ellos se
sienten, a pesar del debilitamiento de las fuerzas, parte viva de la sociedad.
Ya observaba Cicerón que “ el peso de la edad es más leve para el que se siente
respetado y amado por los jóvenes ”.(17)
El espíritu humano, por lo
demás, aún participando del envejecimiento del cuerpo, en un cierto sentido
permanece siempre joven si vive orientado hacia lo eterno; esta perenne juventud
se experimenta mejor cuando, al testimonio interior de la buena conciencia, se
une el afecto atento y agradecido de las personas queridas. El hombre, entonces,
como escribe San Gregorio Nacianceno, “ no envejecerá en el espíritu: aceptará
la disolución del cuerpo como el momento establecido para la necesaria libertad.
Dulcemente transmigrará hacia el más allá donde nadie es inmaduro o viejo, sino
que todos son perfectos en la edad espiritual ”.(18)
Todos conocemos
ejemplos elocuentes de ancianos con una sorprendente juventud y vigor de
espíritu. Para quien los trata de cerca, son estímulo con sus palabras y
consuelo con el ejemplo. Es de desear que la sociedad valore plenamente a los
ancianos, que en algunas regiones del mundo —pienso en particular en África— son
considerados justamente como “bibliotecas vivientes ” de sabiduría, custodios de
un inestimable patrimonio de testimonios humanos y espirituales. Aunque
es
verdad que a nivel físico tienen generalmente necesidad de ayuda, también
es verdad que, en su avanzada edad, pueden ofrecer apoyo a los jóvenes que en su
recorrido se asoman al horizonte de la existencia para probar los distintos
caminos.
Mientras hablo de los ancianos, no puedo dejar de dirigirme
también a los jóvenes para invitarlos a estar a su lado. Os exhorto, queridos
jóvenes, a hacerlo con amor y generosidad. Los ancianos pueden daros mucho más
de cuanto podáis imaginar. En este sentido, el Libro del Eclesiástico dice: “ No
desprecies lo que cuentan los viejos, que ellos también han aprendido de sus
padres ” (8, 9); “ Acude a la reunión de los ancianos; ¿que hay un sabio?,
júntate a él ” (6, 34); porque “ ¡qué bien parece la sabiduría en los viejos! ”
(25, 5).
13. La comunidad cristiana puede recibir mucho de la serena
presencia de quienes son de edad avanzada. Pienso, sobre todo, en la
evangelización: su eficacia no depende principalmente de la eficiencia
operativa. ¡En cuantas familias los nietos reciben de los abuelos la primera
educación en la fe! Pero la aportación beneficiosa de los ancianos puede
extenderse a otros muchos campos. El Espíritu actúa como y donde quiere,
sirviéndose no pocas veces de medios humanos que cuentan poco a los ojos del
mundo. ¡Cuántos encuentran comprensión y consuelo en las personas ancianas,
solas o enfermas, pero capaces de infundir ánimo mediante el consejo afectuoso,
la oración silenciosa, el testimonio del sufrimiento acogido con paciente
abandono! Precisamente cuando las energías disminuyen y se reducen las
capacidades operativas, estos hermanos y hermanas nuestros son más valiosos en
el designio misterioso de la Providencia.
También desde esta perspectiva,
por tanto, además de la evidente exigencia psicológica del anciano mismo, el
lugar más natural para vivir la condición de ancianidad es el ambiente en el que
él se siente “ en casa ”, entre parientes, conocidos y amigos, y donde puede
realizar todavía algún servicio. A medida que se prolonga la media de vida y
crece del número de los ancianos, será cada vez más urgente promover esta
cultura de una ancianidad acogida y valorada, no relegada al margen. El ideal
sigue siendo la permanencia del anciano en la familia, con la garantía de
eficaces ayudas sociales para las crecientes necesidades que conllevan la edad o
la enfermedad. Sin embargo, hay situaciones en las que las mismas circunstancias
aconsejan o imponen el ingreso en “ residencias de ancianos ”, para que el
anciano pueda gozar de la compañía de otras personas y recibir una asistencia
específica. Dichas instituciones son, por tanto, loables y la experiencia dice
que pueden dar un precioso servicio, en la medida en que se inspiran en
criterios no sólo de eficacia organizativa, sino también de una atención
afectuosa. Todo es más fácil, en este sentido, si se establece una relación con
cada uno de los ancianos residentes por parte de familiares, amigos y
comunidades parroquiales, que los ayude a sentirse personas amadas y todavía
útiles para la sociedad. Sobre este particular, ¿cómo no recordar con admiración
y gratitud a las Congregaciones religiosas y los grupos de voluntariado, que se
dedican con especial cuidado precisamente a la asistencia de los ancianos, sobre
todo de aquellos más pobres, abandonados o en dificultad?
Mis queridos
ancianos, que os encontráis en precarias condiciones por la salud u otras
circunstancias, me siento afectuosamente cercano a vosotros. Cuando Dios permite
nuestro sufrimiento por la enfermedad, la soledad u otras razones relacionadas
con la edad avanzada, nos da siempre la gracia y la fuerza para que nos unamos
con más amor al sacrifico del Hijo y participemos con más intensidad en su
proyecto salvífico. Dejémonos persuadir: ¡Él es Padre, un Padre rico de amor y
misericordia! Pienso de modo especial en vosotros, viudos y viudas, que os
habéis quedado solos en el último tramo de la vida; en vosotros, religiosos y
religiosas ancianos, que por muchos años habéis servido fielmente a la causa del
Reino de los cielos; en vosotros, queridos hermanos en el Sacerdocio y en el
Episcopado, que por alcanzar los límites de edad habéis dejado la
responsabilidad directa del ministerio pastoral. La Iglesia aún os necesita.
Ella aprecia los servicios que podéis seguir prestando en múltiples campos de
apostolado, cuenta con vuestra oración constante, espera vuestros consejos fruto
de la experiencia, y se enriquece del testimonio evangélico que dais día tras
día.
“ Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo
en tu presencia ”
(Sal 15 [16], 11)
14. Es natural que, con el
paso de los años, llegue a sernos familiar el pensamiento del “ ocaso de la vida
”. Nos lo recuerda, al menos, el simple hecho de que la lista de nuestros
parientes, amigos y conocidos se va reduciendo: nos damos cuenta de ello en
varias circunstancias, por ejemplo, cuando nos juntamos en reuniones de familia,
encuentros con nuestros compañeros de la infancia, del colegio, de la
universidad, del servicio militar, con nuestros compañeros del seminario... El
límite entre la vida y la muerte recorre nuestras comunidades y se acerca a cada
uno de nosotros inexorablemente. Si la vida es una peregrinación hacia la patria
celestial, la ancianidad es el tiempo en el que más naturalmente se mira hacia
umbral de la eternidad.
Sin embargo, también a nosotros, ancianos, nos
cuesta resignarnos ante la perspectiva de este paso. En efecto, éste presenta,
en la condición humana marcada por el pecado, una dimensión de oscuridad que
necesariamente nos entristece y nos da miedo. En realidad, ¿cómo podría ser de
otro modo? El hombre está hecho para la vida, mientras que la muerte —como la
Escritura nos explica desde las primeras páginas (cf. Gn 2-3)— no estaba
en el proyecto original de Dios, sino que ha entrado sutilmente a consecuencia
del pecado, fruto de la “ envidia del diablo ” (Sb 2, 24). Se comprende
entonces por qué, ante esta tenebrosa realidad, el hombre reacciona y se rebela.
Es significativo, en este sentido, que Jesús mismo, “ probado en todo igual que
nosotros, excepto en el pecado ” (Hb 4, 15), haya tenido miedo ante la
muerte: “ Padre mío, si es posible, que pase de mí
esta copa ” (Mt 26,
39). Y ¿cómo olvidar sus lágrimas ante la tumba del amigo Lázaro, a pesar de que
se disponía a resucitarlo (cf. Jn 11, 35)?
Aún cuando la muerte
sea racionalmente comprensible bajo el aspecto biológico, no es posible vivirla
como algo que nos resulta “ natural ”. Contrasta con el instinto más profundo
del hombre. A este propósito ha dicho el Concilio: “ Ante la muerte, el enigma
de la condición humana alcanza su culmen. El hombre no sólo es atormentado por
el dolor y la progresiva disolución del cuerpo, sino también, y aún más, por el
temor de la extinción perpetua ”.(19)
Ciertamente, el dolor no tendría
consuelo si la muerte fuera la destrucción total, el final de todo. Por eso, la
muerte obliga al hombre a plantearse las preguntas radicales sobre el sentido
mismo de la vida: ¿qué hay más allá del muro de sombra de la muerte? ¿Es ésta el
fin definitivo de la vida o existe algo que la supera?
15. No faltan, en
la cultura de la humanidad, desde los tiempos más antiguos hasta nuestros días,
respuestas reductivas, que limitan la vida a la que vivimos en esta tierra.
Incluso en el Antiguo Testamento, algunas observaciones del Libro del
Eclesiastés hacen pensar en la ancianidad como en un edificio en demolición y en
la muerte como en su total y definitiva destrucción (cf. 12, 1-7). Pero,
precisamente a la luz de estas respuestas pesimistas, adquiere mayor relieve la
perspectiva llena de esperanza que se deriva del conjunto de la Revelación y
especialmente del Evangelio: Dios “ no es un Dios de muertos, sino de vivos ”
(Lc 20, 38). Como afirma el apóstol Pablo, el Dios que da vida a los
muertos (cf. Rm 4, 17) dará la vida también a nuestros cuerpos mortales
(cf. ibíd., 8, 11). Y Jesús dice de sí mismo: “ Yo soy la resurrección y la
vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí,
no morirá jamás ” (Jn 11, 25-26).
Cristo, habiendo cruzado los
confines de la muerte, ha revelado la vida que hay más allá de este límite, en
aquel “ territorio ” inexplorado por el hombre que es la eternidad. Él es el
primer Testigo de la vida inmortal; en Él la esperanza humana se revela plena de
inmortalidad. “ Aunque nos entristece la certeza de la muerte, nos consuela la
promesa de la futura inmortalidad ”.(20) A estas palabras, que la Liturgia
ofrece a los creyentes como consuelo en la hora de la despedida de una persona
querida, sigue un anuncio de esperanza: “ Porque la vida de los que en ti
creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada
terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo ”.(21) En Cristo, la muerte,
realidad dramática y desconcertante, es rescatada y transformada, hasta
presentarse como una “ hermana ” que nos conduce a los brazos del
Padre.(22)
16. La fe ilumina así el misterio de la muerte e infunde
serenidad en la vejez, no considerada y vivida ya como espera pasiva de un
acontecimiento destructivo, sino como acercamiento prometedor a la meta de la
plena madurez. Son años para vivir con un sentido de confiado abandono en las
manos de Dios, Padre providente y misericordioso; un periodo que se ha de
utilizar de modo creativo con vistas a profundizar en la vida espiritual,
mediante la intensificación de la oración y el compromiso de una dedicación a
los hermanos en la caridad.
Por eso son loables todas aquellas
iniciativas sociales que permiten a los ancianos, ya el seguir cultivándose
física, intelectualmente o en la vida de relación, ya el ser útiles, poniendo a
disposición de los otros el propio tiempo, las propias capacidades y la propia
experiencia. De este modo, se conserva y aumenta el gusto de la vida, don
fundamental de Dios. Por otra parte, este gusto por la vida no contrarresta el
deseo de eternidad, que madura en cuantos tienen una experiencia
espiritual
profunda, como bien nos enseña la vida de los Santos.
El
Evangelio nos recuerda, a este propósito, las palabras del anciano Simeón, que
se declara preparado para morir una vez que ha podido estrechar entre sus brazos
al Mesías esperado: “ Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu
siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación ” (Lc 2,
29-30). El apóstol Pablo se debatía, apremiado por ambas partes, entre el deseo
de seguir viviendo para anunciar el Evangelio y el anhelo de “ partir y estar
con Cristo ” (Flp 1, 23). San Ignacio de Antioquía nos dice que, mientras
iba gozoso a sufrir el martirio, oía en su interior la voz del Espíritu Santo,
como “ agua ” viva que le brotaba de dentro y le susurraba la invitación: “ Ven
al Padre ”.(23) Los ejemplos podrían continuar aún. En modo alguno ensombrecen
el valor de la vida terrena, que es bella a pesar de las limitaciones y los
sufrimientos, y ha de ser vivida hasta el final. Pero nos recuerdan que no es el
valor último, de tal manera que, desde una perspectiva cristiana, el ocaso de la
existencia terrena tiene los rasgos característicos de un “ paso ”, de un puente
tendido desde la vida a la vida, entre la frágil e insegura alegría de esta
tierra y la alegría plena que el Señor reserva a sus siervos fieles: “ ¡Entra en
el gozo de tu Señor! ” (Mt 25, 21).
Un augurio de
vida
17. Con este espíritu, mientras os deseo, queridos hermanos
y hermanas ancianos, que viváis serenamente los años que el Señor haya dispuesto
para cada uno, me resulta espontáneo compartir hasta el fondo con vosotros los
sentimientos que me animan en este tramo de mi vida, después de más de veinte
años de ministerio en la sede de Pedro, y a la espera del tercer milenio ya a
las puertas. A pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad,
conservo el gusto de la vida. Doy gracias al Señor por ello. Es hermoso poderse
gastar hasta el final por la causa del Reino de Dios.
Al mismo tiempo,
encuentro una gran paz al pensar en el momento en el que el Señor me llame: ¡de
vida a vida! Por eso, a menudo me viene a los labios, sin asomo de tristeza
alguna, una oración que el sacerdote recita después de la celebración
eucarística: In hora mortis meae voca me, et iube me venire ad te; en la hora de
mi muerte llámame, y mándame ir a ti. Es la oración de la esperanza cristiana,
que nada quita a la alegría de la hora presente, sino que pone el futuro en
manos de la divina bondad.
18. “ Iube me venire ad te!: éste es el anhelo
más profundo del corazón humano, incluso para el que no es consciente de
ello.
Concédenos, Señor de la vida, la gracia de tomar conciencia lúcida
de ello y de saborear como un don, rico de ulteriores promesas, todos los
momentos de nuestra vida.
Haz que acojamos con amor tu voluntad,
poniéndonos cada día en tus manos misericordiosas.
Cuando venga el
momento del “ paso ” definitivo, concédenos afrontarlo con ánimo sereno, sin
pesadumbre por lo que dejemos. Porque al encontrarte a Ti, después de haberte
buscado tanto, nos encontraremos con todo valor auténtico experimentado aquí en
la tierra, junto a quienes nos han precedido en el signo de la fe y de la
esperanza.
Y tú, María, Madre de la humanidad peregrina, ruega por
nosotros “ ahora y en la hora de nuestra muerte ”. Manténnos siempre muy unidos
a Jesús, tu Hijo amado y hermano nuestro, Señor de la vida y de la
gloria.
¡Amén!
Vaticano, 1 de octubre de 1999.