Envejecer

Envejecer

domingo, 25 de noviembre de 2012

Carta de un padre a su hijo

El día que esté viejo y ya no sea el mismo, ten paciencia y compréndeme.
Cuando derrame comida sobre mi camisa y olvide como atarme mis zapatos, tenme paciencia, recuerda las horas que pasé enseñándote a hacer las mismas cosas.
Si cuando conversas conmigo, repito y repito las mismas palabras y sabes de sobra como termina, no me interrumpas y escúchame.
Cuando eras pequeño para que te durmieras tuve que contarte miles de veces el mismo cuento hasta que cerrabas los ojitos.
Cuantas veces cuando tu dormías a la media noche, yo en calzoncillos y andando en puntillas crucé tu alcoba para revisar si estabas aguantando frío, y antes de poner la sábana, besé con amor tu nalguita fría.
Cuando hable contigo si mi voz se eleva, no estoy enojado, sólo estoy perdiendo mi audición y creo que todo mundo es sordo, así como tu piensas cuando estás escuchando radio con audífonos.
Cuando estemos reunidos y sin querer haga mis necesidades, no te avergüences y compréndeme que no tengo la culpa de ello, pues ya no puedo controlarlas.
Piensa cuantas veces cuando niño te ayudé y estuve pacientemente a tu lado esperando a que terminaras lo que estabas haciendo.
No me reproches por que no quiero bañarme, no me regañes por ello Recuerda los momentos que te perseguí y los miles de pretextos que te inventaba para hacerte más agradable tu aseo.
Cuando me veas inútil e ignorante frente a todas las cosas tecnológicas que ya no podré entender, te suplico que me des todo el tiempo que sea necesario para no lastimarme con tu sonrisa burlona.
Acuérdate que fui yo quien te enseñó tantas cosas. Comer, vestirte y como enfrentar la vida tan bien como lo haces, son productos de mi esfuerzo y perseverancia.
Cuando en algún momento, mientras conversamos, me llegue a olvidar de que estamos hablando, dame todo el tiempo que sea necesario hasta que yo recuerde y si no puedo hacerlo, no te impacientes; tal vez no era importante lo que hablaba y lo único que quería era estar contigo y que me escucharas en ese momento.
Si alguna vez yo no quiera comer, no me insistas. Sé cuanto puedo y cuando no debo.
También comprende que con el tiempo, ya no tengo dientes para morder ni gusto para sentir.
Cuando mis piernas fallen por estar cansadas para andar, dame tu mano tierna para apoyarme como lo hice cuando comenzaste a caminar con tus débiles piernas.
Cuando algún día me oigas decir que ya no quiero vivir y solo quiero morir, no te enfades, algún día entenderás que esto no tiene que ver con tu cariño o cuanto te ame.
Trata de comprender que ya no vivo, si no sobrevivo, y eso no es vivir.
Siempre quise lo mejor para ti y he preparado los caminos que has debido recorrer.
Piensa entonces que con este paso que me adelanto a dar, estaré construyendo para ti otra ruta, en otro tiempo, pero siempre contigo.
No te sientas triste, enojado o impotente por verme así. Dame tu corazón, compréndeme y apóyame como lo hice cuando tu empezaste a vivir.
De la misma manera como te he acompañado en tu sendero, te ruego me acompañes a terminar el mío. Dame amor y paciencia, que te devolveré gratitud y sonrisas con el inmenso amor que tengo por ti.
Atentamente:Tu viejo

Frases para Reflexionar

Quien conserva la facultad de ver la belleza no envejece.
FRANZ KAFKA (1883-1924),

* Muchas personas no cumplen los ochenta porque intentan durante demasiado tiempo quedarse en los cuarenta.
SALVADOR DALÍ. Pintor y escultor español. (1904-1989)
* Aprender a no ser joven es el aprendizaje más largo y más difícil de la vida.
LEÓN DAUDI. Escritor español (1905-1985)

Hay algo más triste que envejecer, y es permanecer niño.
CESARE PAVESE. Escritor italiano. (1908-1950)

* Cuanto más se envejece más se parece la tarta de cumpleaños a un desfile de antorchas.
KATHARINE HEPBURN. Actriz estadounidense.(1909-2003)

* La edad madura es aquella en la que todavía se es joven, pero con mucho más esfuerzo.
JEAN-LOUIS BARRAULT. Actor y director francés.(1910-1994)

* Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena.
INGMAR BERGMAN, Cineasta sueco.(1918-2007)

* No me siento viejo porque tenga tantos años tras de mí, sino por los pocos que tengo por delante.
EPHRAIN KISHON. Escritor, guionista y director de cine israelí.(1924-2005)
*La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado.

* Los hombres piensan que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. Nobel de literatura en 1982 (1928).

* La peor vejez es la del espíritu.

BERNABÉ TIERNO. Psicólogo, pedagogo y escritor.

* Envejecer es vivir más.

* Quien envejece tiene la fortuna de no morir joven.
JOAN FON “FONI” . Psicólogo y poeta.

Aprendamos de ellos

Japón, con 128 millones de habitantes, es una de las sociedades de más rápido envejecimiento del mundo. Tiene uno de los más bajos índices de natalidad y una de las mayores esperanzas de vida, una realidad que preocupa a las autoridades niponas por las consecuencias futuras que pueda tener sobre el sistema de pensiones y la atención médica de la población.

Y es que, tradiciones aparte, los datos demuestran el rápido envejecimiento de la sociedad japonesa. Según fuentes del Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar, este país tiene el número de personas centenarias más elevado del mundo: 47.756, lo que representa un aumento de 3.307 personas respecto al año pasado y cuatro veces más que hace doce años.

Su mayoría son mujeres (87,1%) y la más vieja, Chiyono Hasegawa, tiene 114 años.

Datos en poblacion de Adultos Mayores

En los países desarrollados la población está incrementando de manera exponencial su esperanza de vida. Fruto de este envejecimiento poblacional, la gerontología y la geriatría han cobrado actualidad y se torna urgente una mejor formación de los profesionales que actúan en este campo para abordar, de manera integral, las necesidades físicas, mentales, sociales y funcionales de este sector de la población.

Población y porcentaje de personas por encima de los 60 años:

País/Comunidad        Población (miles) >60 años          (%)

Mundial                                6.908.688                           10,8
Europa                                 732.759                                21,6
España                                  45.317                                 22,2
Brasil                                    195.423                               9,9
Colombia                               46.300                                8,3

Lograr reducir la diferencia entre los distintos países en lo que se refiere a indicador de la calidad de vida, así como conseguir una sociedad global en la que las personas mayores, vivan donde vivan, puedan hacerlo en plenitud, es tarea de todos.

Fuente: Gerontologia y Geriatria (Millan Calenti)

Aunque sea madura la edad

No te sonrojes si os miran por la calle

cuando crucéis miradas y os queráis abrazar

un abrazo es un signo de amor que estremece

aunque sea madura la edad

porque en un abrazo siempre

pasión y ternura es lo que se ofrece,

aunque sea madura la edad



Haced de un beso y un abrazo un altar

Porque un altar, es donde la palabra enmudece

donde se guarda silencio total

donde renovamos mil promesas que adormecen

Y callarlas, eso si es pecado mortal





Luisa Vicente - AGOSTO 2010

Sexo y Adultos Mayores: ¿Mito o Realidad?

Cuando en los seres humanos, nos damos cuenta de los cambios físicos, que por los años experimentamos recurrimos a dietas, a tratamientos maravillosos que nos devolverán, la juventud perdida, y que no ofrecen los resultados anhelados.
Claro agregándole, que no queremos recurrir, al ejercicio y menos a dejar de comer, aumentamos de peso, nos sale pancita, gorditos y arruguitas en todos lados, baja nuestra autoestima, y por lo tanto en nuestro inconsciente, se va grabando poco a poco pero profundamente , que ya no podemos tener aspiraciones a una relación sexual, a una nueva pareja o recuperar la propia.

Ahora bien es importante tomar en cuenta que después de los 60 Años, entramos a la Andropausia, que es un estado parecido a la Menopausia, de la Mujer en la cual el hombre deja de producir hormonas, andrógenos, con ello sucediendo, varias cambios físicos.

Aunque, a diferencia de lo que le pasa a la mujer que son abruptos, en el hombre suceden lentamente pero inexorablemente con los años, y que tienen que ver con el progresivo descenso del nivel de andrógenos, es decir, hormonas masculinas, como habíamos dicho anteriormente.

La actividad de estas hormonas repercute, en muchos procesos del organismo, pero sus consecuencias se perciben muy especialmente en la capacidad sexual.

También afectan, al estado anímico, produciendo irritabilidad, desasosiego e incluso una tendencia en menor o mayor grado de estados depresivos.

Y problemas severos o parciales en la convivencia con la pareja, ahora imaginémonos, que en la mujer se presente conjuntamente la menopausia, se exacerban dichos problemas y se puede llegar hasta el divorcio, de ahí la importancia de recurrir al Medico especialista primero en forma Individual cada uno y después en Pareja.

Ahora bien debemos de entender y aceptarnos y mas aún adaptarnos, a las diferentes etapas de nuestra Edad, pero aprender como principio, el ser congruente con lo que pensamos, decimos y hacemos.

Ser positivos, Amándonos, conociéndonos realmente, hacer terapias de espejo, viéndonos desnudos, frente a un espejo, para vernos físicamente como estamos, como nos vemos, nosotros y aceptarnos tal cual somos, amarnos enormemente, con nuestros gorditos llantitas, arruguitas, celulitis y otras cosillas.

Ahora bien es importante caminar, o hacer algún ejercicio, hidratarnos y comer nutritivamente, pero con asesoria, y si tenemos algún dinerillo y nos podemos dar alguna estiradita que mejor, o un tintecillo para el pelo, eso no nos quita la hombría pero como a las mujeres nos hace sentirnos mejor.

En el sexo, que para nosotros los mexicanos, es parte fundamental para nuestra hombría, aunque tengamos mas de 60 años, es de tener una actitud mental positiva, entender que la impotencia sexual, es en el 80% mental (esto incluye a los hombres de todas las edades) y no física.

Y que con la ayuda y comunicación, de tu pareja es fundamental, recuperar el amor reconquistar a tu pareja o si estas solo buscarla, hay una gran cantidad de bellas mujeres, físicamente y de grandes atributos humanos, solas, que también tienen la necesidad sexual y con quien compartir sus espacios, con una pareja.

Mente positiva para una mejor vida

La mayoría de la gente asume que el pensamiento positivo es algo que podemos hacer para ayudar a lograr nuestros objetivos, o incluso a superar los momentos difíciles. Pero una gran cantidad de investigación apasionante ha demostrado que la actitud afecta nuestra salud – tanto es así, de hecho, que una actitud positiva puede agregar años a nuestras vidas.
Un estudio de 30 años de 447 personas en la Clínica Mayo encontró que los optimistas tenían alrededor de un 50 por ciento menos de riesgo de muerte prematura que los pesimistas. ¿La conclusión del estudio? La mente y el cuerpo están vinculados y la actitud tiene un impacto en el resultado final -. Muerte”

Esto se reforzó aún más por un estudio de Yale que preguntó a 660 personas mayores si estaban de acuerdo que llegamos a ser menos útiles a medida que envejecemos. Los que no estaban de acuerdo, y por lo tanto tenían la actitud más positiva sobre el envejecimiento, vivieron un promedio de 7,5 años más que los que tenían las actitudes más negativas, que estaban de acuerdo que llegaríamos a ser menos útiles a medida que envejeciesemos.

También se demostró en un estudio holandés que examinó las actitudes y la longevidad de 999 personas mayores de 65 años . El estudio informó una “relación de protección” entre el optimismo y la mortalidad.

Las personas con una actitud positiva, simplemente, vivían más tiempo. Incluso tenían un riesgo 77 por ciento más bajo de enfermedad cardíaca que los pesimistas.

Por lo tanto, una actitud negativa (porque causa estrés y presión), puede acelerar el envejecimiento. Este es probablemente el motivo por el que las personas positivas viven más tiempo. Las personas positivas no se estresan tanto en el día a día, por lo que producen menos presión. Cuando se presenta un problema inesperado, sólo deben superarlo y seguir con su vida. Menos estrés significa menos presión, que a su vez promueve una vida más larga. Es una fórmula simple.

¿Cómo podemos enfocar nuestra mente en cosas más positivas?
Contar las bendiciones es una manera simple. Haga una lista de cinco a diez cosas que han sucedido en las últimas 24 horas por las que usted está agradecido, y repita esto todos los días durante un mes. O hacer ejercicio en tres semanas sin ir a quejarse, gemir, o criticar.

¿O es que tienen una tendencia a “hacer una montaña de un grano de arena”? Si es así, prueba lo contrario sólo por una semana. Pequeños montoncitos de tierra pueden hacer una montaña. 

Humor de Adultos Mayores

EL CONTESTADOR DE LLAMADAS TELEFÓNICAS DE LOS ABUELOS

- Buenos días . . . . En este momento no estamos en casa pero, por favor,
déjenos su mensaje después de oir la señal sonora que se la contestaremos a la brevedad . . . . . beeeeeppp…

- Si es uno de nuestros hijos, marque 1 y a continuacion seleccione la opcion del 2 al 9 por orden de “llegada” asi sabremos cual es.

- Si necesita que nos quedemos con los niños, marque 2
- Si quieren que les prestemos el auto, marque 3
- Si quieren que les lavemos y planchemos la ropa, marque 4
- Si quieren que los nietos duerman aquí en casa, marque 5
- Si quieren que vayamos a buscar a los chicos a la escuela o hacer el “pool”, marque 6
- Si quieren que preparemos una comida para el domingo o para que se la lleven a su casa, marque 7
- Si quieren venir a comer aquí, a casa, marque 8
- Si precisan dinero, marque 9
- Si nos van a invitar a comer, a pasear, ir al teatro o es uno de nuestros amigos, “pueden hablar que los escuchamos !!!!!!!!!!!”

 

Sindrome del cuidador: cuando los enfermos se vuelven 2

Al lado del enfermo de Alzheimer o del anciano con esclerosis múltiple casi siempre hay una hija, un hermano, un familiar directo ocupándose de su cuidado. Lo hacen por cariño o por sentido de la obligación, de buen grado o a regañadientes, pero el caso es que se trata de personas absorbidas por la enfermedad del atendido. Quizá han tenido que abandonar su trabajo, o bien modificar sus hábitos y la organización de su propia vida, pues hay enfermedades tan crudas con el enfermo como tiránicas con quienes les rodean.
Gran parte de los ancianos son seres cuasivegetativos, dependientes y tristemente convertidos en cargas para quienes les asisten. Y no basta con apelar a códigos morales o argumentos afectivos para dar por solventado el problema. Ciertamente es deber de los familiares atender a esos seres incapaces de valerse por sí mismos.
Sociólogos, psicólogos, gerontólogos y asociaciones relacionadas con el tratamiento de enfermedades degenerativas llevan tiempo estudiando lo que empieza a conocerse como el "síndrome del cuidador". El cuidador es un enfermo oculto, teóricamente sano, sobre quien recae tal impacto de responsabilidades y tareas que ve alterado su equilibrio, a veces con consecuencias extendidas al carácter, las relaciones o la propia familia. Más allá del tradicional "báculo de la vejez" del mayor, asume papeles asistenciales de todo tipo que le ocasionan a menudo un fuerte desgaste. Al sufrimiento propio de quien observa el declive del ser querido se le añaden la ansiedad de la vigilancia constante, el temor al fracaso, la sensación de culpa o incumplimiento, frecuentemente acompañadas de irritabilidad, estrés e impaciencia. Son efectos psicológicos de desgaste que, no obstante, el cuidador descuida por cierto escrúpulo de conciencia: ¿cómo va a preocuparse de sí mismo teniendo delante a un ser tan desvalido?
La atención familiar a los enfermos mayores es tan absorbente que puede llegar a distorsionar también el papel social del cuidador. No es infrecuente que la dedicación intensiva al anciano repercuta en una suerte de autosecuestro según el cual su cuidador acaba siendo rehén del enfermo. A veces los sentimientos de amor filial reproducen erróneamente esquemas de relación padres-hijos pertenecientes a etapas pasadas, como si con ello se intentase recompensar al progenitor por los esfuerzos que hizo en su día. Entonces el hijo o la hija consienten recibir órdenes del padre o la madre, le siguen la corriente, le permiten caprichos ajenos a sus necesidades reales de atención sin reparar en que las cosas no son como antaño. La madurez del cuidador empieza así a tambalearse en una cierta crisis de identidad: al volcarse en demasía en el enfermo rebaja su propia estima. Regresa a aquella época de inseguridad en que, siendo niño, buscaba mediante su conducta la aprobación del adulto. Inversión de papeles: la persona madura se infantiliza, el anciano lo domina. No son pocos los casos en los que el cuidador acaba cediendo a chantajes emocionales y exigencias desmedidas que le llevan a dejar en segundo plano su función de padre, madre, esposo o esposa, con nefastas consecuencias en la pareja o el orden familiar.
Según algunos estudios, el perfil medio del cuidador de un enfermo crónico se corresponde a una mujer de entre 45 y 60 años. Son edades en que muchas mujeres afrontan nuevas etapas de la vida que conllevan posibilidades de desarrollo personal. Crecidos los hijos, han empezado a adquirir una relativa autonomía que les permite plantearse proyectos, cultivar aficiones, emprender estudios, etc. Todo esto, sin embargo, queda bloqueado al asumir la labor cuidadora. La renuncia forzosa a nuevos horizontes engendra frustración y abatimiento. En muchos casos, la mujer se desatiende a sí misma, no se relaciona con las amistades o renuncia a actividades de ocio. Su derecho a llevar una vida propia queda aplazado sin fecha. Por grande que sea la recompensa sentimental de su decisión, es evidente lo elevado del precio en términos psicológicos y vitales.
Se han descrito muchos síntomas del "síndrome del cuidador". Además de los ya señalados, están la impaciencia frente al enfermo ("¿pero no te he dicho que no hagas esto?"), las reacciones irascibles inesperadas ("ya estoy harto / harta"), las tensiones con otros familiares, la dificultad de concentración, la actitud de desgana hacia tareas cotidianas, la autocompasión, el aislamiento, el sentimiento de derrota, la fatiga física y la aparición de alteraciones psicosomáticas diversas que van del insomnio a los problemas digestivos. Son trastornos merecedores de tanta atención como la prestada al enfermo atendido, pero que permanecen agazapados como si ocuparse de ellos fuera un signo de egoísmo.
Todo lo contrario. El buen cuidador sólo cumplirá bien su tarea si mantiene su plenitud personal y su salud física y psíquica. No es, por tanto, ninguna traición al enfermo mayor el recurso a asistentes profesionales en quienes delegar parte de la atención, como tampoco lo es la búsqueda de un espacio personal que permita regalarse tiempo, mantener un régimen de vida normalizado, enfrentarse a las situaciones con más frialdad y no dejarse devorar por la dependencia. El exceso de dedicación a un enfermo puede acabar creando dos enfermos.

Y tu, ¿Qué tipo de anciano quieres ser?

La prevalencia de enfermedades y discapacidades aumenta con la edad. Estadísticamente se sabe que al pasar los 70 años hay un 15% a 40% de posibilidades de tener ancianos sin enfermedad objetivable.
Al respecto, se ha establecido una clasificación:
1.- Anciano sano. No tiene enfermedades objetivables. Su capacidad funcional está bien conservada. Es independiente. Carece de enfermedad mental.
2.- Anciano enfermo. Anciano sano con una enfermedad aguda. Se comporta como un paciente crónico, pero no tiene un mal de fondo.
3.- Anciano frágil. Está en alto riesgo de ser dependiente. Tiene una o varias enfermedades de base que, cuando están compensadas, le permiten mantener su independencia. Debido al delicado equilibrio socio-familiar, se le puede definir como personas en etapa de prediscapacidad.
4.- Paciente geriátrico. Padece uno o más males de base crónicos y evolucionados. Tiene evidente discapacidad. Son dependientes y, en muchos casos, hay compromiso de la función cerebral.

Hallan mecanismo que mejora la memoria y el aprendizaje

Investigadores españoles han identificado un mecanismo molecular que, tras ser manipulado, aumentó la capacidad de aprender y retener información en las ratas de laboratorio sobre las que se experimentó.
 
El estudio, llevado a cabo por investigadores del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, acaba de ser publicado en PLoS Biology y destacado en Nature.
Las neuronas se comunican entre sí a través de la sinapsis, un complejo de intercambio de información que lleva aparejado numerosos sucesos químicos y eléctricos. Esta no siempre es igual, ya que algunas conexiones sufren modificaciones como consecuencia de una actividad o experiencia previa vivida por estas células cerebrales, un fenómeno conocido como “plasticidad sináptica” y considerado el sustrato celular del aprendizaje y la memoria del ser humano.
 
La investigación que ahora sale a la luz aporta nuevos datos sobre los mecanismos moleculares de este proceso y cómo pueden manipularse para facilitar la memoria.
En el análisis, los autores demuestran que las sinapsis pueden hacerse más plásticas al usar un pequeño fragmento de una proteína (péptido) que está implicada en la comunicación celular.
 
En concreto, este péptido (FGL) es capaz de inducir la incorporación de nuevos receptores de neurotransmisor en las sinapsis del hipocampo. Así, cuando los científicos administraron FGL a ratas de laboratorio, observaron que su capacidad de aprender y retener información espacial aumentaba.
 
La también investigadora del Severo Ochoa Shira Knafo destaca que este tipo de estudios son una orientación sobre “posibles vías de intervención terapéutica para enfermedades mentales en las que estos mecanismos son defectuosos”.

Fumar envejece

Londres (Reuters). Los hombres que fuman padecen un deterioro más rápido de las funciones cerebrales a medida que envejecen que sus pares no fumadores, lo que lleva a un fumador a sufrir el deterioro cognitivo de alguien 10 años mayor pero que no consume tabaco, según un estudio científico.
En un estudio amplio a largo plazo, investigadores británicos hallaron que mientras que parece no haber relación entre el deterioro cognitivo y el tabaquismo en las mujeres, en los hombres el hábito está vinculado con un declive acelerado, dado que las dificultades de memoria aparecen ya a los 45 años.
La investigación se suma a un amplio cuerpo de evidencia sobre los daños del tabaquismo a largo plazo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera al hábito “una de las mayores amenazas de salud pública que se ha enfrentado alguna vez”.
FACTOR DE RIESGO
El
tabaquismo provoca cáncer pulmonar, que suele ser letal, y otras enfermedades respiratorias. También es un factor de riesgo importante de las enfermedades cardiovasculares, principales causas de muerte a nivel mundial.
“Si bien sabíamos que el tabaquismo es un factor de riesgo de enfermedad respiratoria, cáncer y cardiopatías, este estudio muestra que además tiene un efecto perjudicial sobre el envejecimiento cognitivo que se hace evidente ya a los 45 años”, dijo Severine Sabia, del University College de Londres, quien dirigió el estudio, publicado en Archives of General Psychiatry.
En una entrevista la experta dijo que una explicación para la diferencia de género hallada en el estudio podría ser la mayor cantidad de tabaco que consumen los hombres, o el hecho de que hubo una proporción considerablemente menor de mujeres que de hombres involucrados en el estudio.


Tomemos conciencia



Madrid (EFE). Antes, comer de todo y en abundante cantidad era sinónimo de una buena alimentación. Sin embargo, a lo largo del tiempo y tras una serie de estudios médicos hoy lo recomendable es restringir nuestro consumo. Sobre todo si usted está pasando la barrera de los 50 años.
El español Néstor Luján, escritor gastronómico del siglo veinte, decía que la salud es el silencio de los órganos: “uno no se da cuenta de que tiene hígado hasta que éste protesta, y con los años, los órganos dejan oír su voz con una frecuencia preocupante”.
NO A LOS EXCESOS
Cuando uno es joven tiene más apetito y suele comer todo lo que hay a su alcance. Sin embargo, el periodista español Julio Camba manifestaba en su libro “La casa de Lúculo o el arte de comer” que comer bien y a gusto, es algo que no siempre se puede hacer.
“Cuando uno tiene apetito y estómago para comer de todo suele faltar el dinero suficiente para hacerlo, mientras que cuando uno es mayor y tiene una mejor posición económica, suele carecer de ese apetito propio de las personas jóvenes”, decía Camba.
Lo mismo ocurre con las bebidas alcohólicas. El humorista Carlos Romeu afirmó lo siguiente al respecto: “a los treinta años tenía resacas; ahora, convalecencias”. Cierto.
Y es que a medida que uno va envejeciendo nuestro organismo ya no funciona con la misma rapidez que antes. Es por ello que los médicos suelen recomendar a las personas de esta edad seguir un régimen alimenticio bajo en grasas y restringir sus porciones de comida.
Por eso es aconsejable dejar, poco a poco, de cometer excesos, pues como dicen “los excesos de la juventud se pagan en la ancianidad”. De este modo, la virtud para alcanzar una buena alimentación está en el término medio: moderación y, de vez en cuando, un buen homenaje.

Fuente: Diario El Comercio

Crecera la tasa de Ancianidad en Sevilla

Sevilla- La provincia se escapa de la tendencia a la baja en cuanto al crecimiento de la población. En 2022, España contará, de mantenerse la actual coyuntura, con 45 millones de habitantes, esto es, un 2,5% menos. En Sevilla, por el contrario, la previsión es que se pase de los 1,8 millones de personas contabilizadas en la actualidad a 1,9 millones.
La población de 0 a 15 años pasará de 343.683 personas a 354.748. Al contrario que en España, donde se produce un paulatino descenso de la natalidad –casi un 20% menos–, en Sevilla hay un leve ascenso.

Desciende el grueso de la población activa, esto es, de entre 16 y 64 años. En 2012, se cuenta con 1.264.183, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). En 2022, seremos 1.223.254. Se produce, por tanto, un envejecimiento de la población, ya que en la horquilla de mayores de 65 es donde hay mayor variación. De 279.600 se pasa a 337.519 ciudadanos. Crece, por tanto, la tasa de dependencia. Ahora es de 22,1% y en diez años será del 27,4%, en mayores de 64 años. En cuanto a menores de 16, se pasa del 27,2% al 28,8%. El global se sitúa en el 56,1%, casi siete puntos más que ahora (49,3%). En términos económicos, esto se traduciría en que más de la mitad de la población será dependiente de una masa de trabajadores que también se reduce. Las defunciones proyectadas pasarán de 15.104 a 15.979 en 2021. El crecimiento vegetativo –8.495 este año– será de 3.816 personas.
Fuente: Diario La Razon - España

Carta de Juan Pablo II a los Ancianos (1999)


Tan importantes son los ancianos que hasta Juan Pablo II les escribio una carta solo para ellos

A mis hermanos y hermanas ancianos!
“ Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil
porque pasan aprisa y vuelan ”
(Sal 90 [89], 10)


1. Setenta eran muchos años en el tiempo en que el Salmista escribía estas palabras, y eran pocos los que los superaban; hoy, gracias a los progresos de la medicina y a la mejora de las condiciones sociales y económicas, en muchas regiones del mundo la vida se ha alargado notablemente. Sin embargo, sigue siendo verdad que los años pasan aprisa; el don de la vida, a pesar de la fatiga y el dolor, es demasiado bello y precioso para que nos cansemos de él.

He sentido el deseo, siendo yo también anciano, de ponerme en diálogo con vosotros. Lo hago, ante todo, dando gracias a Dios por los dones y las oportunidades que hasta hoy me ha concedido en abundancia. Al recordar las etapas de mi existencia, que se entremezcla con la historia de gran parte de este siglo, me vienen a la memoria los rostros de innumerables personas, algunas de ellas particularmente queridas: son recuerdos de hechos ordinarios y extraordinarios, de momentos alegres y de episodios marcados por el sufrimiento. Pero, por encima de todo, experimento la mano providente y misericordiosa de Dios Padre, el cual “ cuida del mejor modo todo lo que existe ” (1) y que “ si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha ” (1 Jn 5, 14). A Él me dirijo con el Salmista: “ Dios mío, me has instruido desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas, ahora, en la vejez y las canas, no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu brazo a la nueva generación, tus proezas y tus victorias excelsas ” (Sal 71[70], 17-18).

Mi pensamiento se dirige con afecto a todos vosotros, queridos ancianos de cualquier lengua o cultura. Os escribo esta carta en el año que la Organización de las Naciones Unidas, con buen criterio, ha querido dedicar a los ancianos para llamar la atención de toda la sociedad sobre la situación de quien, por el peso de la edad, debe afrontar frecuentemente muchos y difíciles problemas.

El Pontificio Consejo para los Laicos ha ofrecido ya valiosas pautas de reflexión sobre este tema.(2) Con la presente carta deseo solamente expresaros mi cercanía espiritual, con el estado de ánimo de quien, año tras año, siente crecer dentro de sí una comprensión cada vez más profunda de esta fase de la vida y, en consecuencia, se da cuenta de la necesidad de un contacto más inmediato con sus coetáneos, para tratar de las cosas que son experiencia común, poniéndolo todo bajo la mirada de Dios, el cual nos envuelve con su amor y nos sostiene y conduce con su providencia.

2. Queridos hermanos y hermanas: a nuestra edad resulta espontáneo recorrer de nuevo el pasado para intentar hacer una especie de balance. Esta mirada retrospectiva permite una valoración más serena y objetiva de las personas que hemos encontrado y de las situaciones vividas a lo largo del camino. El paso del tiempo difumina los rasgos de los acontecimientos y suaviza sus aspectos dolorosos. Por desgracia, en la existencia de cada uno hay sobradas cruces y tribulaciones. A veces se trata de problemas y sufrimientos que ponen a dura prueba la resistencia psicofísica y hasta conmocionan quizás la fe misma.
No obstante, la experiencia enseña que, con la gracia del Señor, los mismos sinsabores cotidianos contribuyen con frecuencia a la madurez de las personas, templando su carácter.

La reflexión que predomina, por encima de los episodios particulares, es la que se refiere al tiempo, el cual transcurre inexorable. “ El tiempo se escapa irremediablemente ”, sentenciaba ya el antiguo poeta latino.(3) El hombre está sumido en el tiempo: en él nace, vive y muere. Con el nacimiento se fija una fecha, la primera de su vida, y con su muerte otra, la última. Es el alfa y la omega, el comienzo y el final de su existencia terrena, como subraya la tradición cristiana al esculpir estas letras del alfabeto griego en las lápidas sepulcrales.

No obstante, aunque la existencia de cada uno de nosotros es limitada y frágil, nos consuela el pensamiento de que, por el alma espiritual, sobrevivimos incluso a la muerte. Además, la fe nos abre a una “ esperanza que no defrauda ” (cf. Rm 5, 5), indicándonos la perspectiva de la resurrección final. Por eso la Iglesia usa en la Vigilia pascual estas mismas letras con referencia a Cristo vivo, ayer, hoy y siempre: Él es “ principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad ”.(4) La existencia humana, aunque está sujeta al tiempo, es introducida por Cristo en el horizonte de la inmortalidad. Él “ se ha hecho hombre entre los hombres, para unir el principio con el fin, esto es, el hombre con Dios ”.(5)

Un siglo complejo hacia un futuro de esperanza

3. Al dirigirme a los ancianos, sé que hablo a personas y de personas que han realizado un largo recorrido (cf. Sb 4, 13). Hablo a los de mi edad; me resulta fácil, por tanto, buscar una analogía en mi experiencia personal. Nuestra vida, queridos hermanos y hermanas, ha sido inscrita por la Providencia en este siglo XX, que ha recibido una compleja herencia del pasado y ha sido testigo de numerosos y extraordinarios acontecimientos.

Como tantas otras épocas de la historia, nuestro siglo ha conocido luces y sombras. No todo han sido penumbras. Hay muchos aspectos positivos que han sido el contrapeso de otros negativos o han surgido de éstos últimos, como una beneficiosa reacción de la conciencia colectiva. No obstante, es cierto —y sería tan injusto como peligroso olvidarlo— que se han producido daños inauditos, que han incidido en la vida de millones y millones de personas. Bastaría pensar en los conflictos surgidos en diversos continentes, debidos a contenciosos territoriales entre Estados o al odio entre diversas etnias. Tampoco se han de considerar menos graves las condiciones de pobreza extrema de amplios sectores sociales en el Sur del mundo, el vergonzoso fenómeno de la discriminación racial y la sistemática violación de los derechos humanos en muchos países. Y, en fin, ¿qué decir de los grandes conflictos mundiales?

Sólo en la primera parte del siglo hubo dos, de una magnitud hasta entonces desconocida por las muertes y la destrucción ocasionadas. La primera guerra mundial segó la vida de millones de soldados y civiles, truncando la existencia de muchos seres humanos casi en la adolescencia o incluso en su niñez. Y, ¿qué decir de la segunda guerra mundial? Estalló tras pocos años de una relativa paz en el mundo, especialmente en Europa, y fue más trágica que la anterior, con tremendas consecuencias para las naciones y los continentes. Fue guerra total, una inaudita explosión de odio que se abalanzó brutalmente también sobre la inerme población civil y destruyó generaciones enteras. Fue incalculable el tributo pagado en los diversos frentes al delirio bélico y terroríficos los estragos llevados a cabo en los campos de exterminio, auténticos Gólgotas de la época contemporánea.

Durante muchos años, en la segunda mitad del siglo, se ha vivido la pesadilla de la guerra fría, esto es, la confrontación entre los dos grandes bloques ideológicos contrapuestos, el Este y el Oeste, con una desenfrenada carrera de armamentos y la amenaza constante de una guerra atómica capaz de destruir la humanidad entera.(6) Gracias a Dios, esta página oscura se ha terminado con la caída en Europa de los regímenes totalitarios opresivos, como fruto de una lucha pacífica, que ha empuñado las armas de la verdad y la justicia.(7) Se ha comenzado así un arduo pero provechoso proceso de diálogo y reconciliación orientado a instaurar una convivencia más serena y solidaria entre los pueblos.

No obstante, demasiadas Naciones están todavía muy lejos de experimentar los beneficios de la paz y la libertad. En los últimos meses, el violento conflicto surgido en la región de los Balcanes, que ya en los años precedentes había sido teatro de una terrible guerra de carácter étnico, ha suscitado gran conmoción; se ha derramado más sangre, se han intensificado las destrucciones y se han alimentado nuevos odios. Ahora, cuando finalmente el fragor de las armas se ha apaciguado, se comienza a pensar en la reconstrucción en la perspectiva del nuevo milenio. Pero, mientras tanto, siguen propagándose también en otros continentes numerosos focos de guerra, a veces con masacres y violencias olvidadas demasiado pronto por las crónicas.

4. Aunque estos recuerdos y estas dolorosas situaciones actuales nos entristecen, no podemos olvidar que nuestro siglo ha visto surgir múltiples aspectos positivos, los cuales son, al mismo tiempo, motivos de esperanza para el tercer milenio. Así, se ha acrecentado —aunque entre tantas contradicciones, especialmente en lo que se refiere al respeto de la vida de cada ser humano— la conciencia de los derechos humanos universales, proclamados en declaraciones solemnes que comprometen a los pueblos.

Asimismo, se ha desarrollado el sentido del derecho de los pueblos al autogobierno, en el marco de relaciones nacionales e internacionales inspirados en la valoración de las identidades culturales y, al mismo tiempo, al respeto de las minorías. La caída de los sistemas totalitarios, como los del Este europeo, ha hecho percibir mejor y más universalmente el valor de la democracia y del libre mercado, aunque planteando el gran desafío de compaginar la libertad y la justicia social.

También se ha de considerar un gran don de Dios el que las religiones estén intentando, cada vez con mayor determinación, un diálogo que les permita ser un factor fundamental de paz y de unidad para el mundo.

Tampoco se ha de olvidar que aumenta en la conciencia común el debido reconocimiento a la dignidad de la mujer.
Indudablemente, queda aún mucho camino por andar, pero se ha trazado el rumbo a seguir. También es motivo de esperanza el auge de las comunicaciones que, favorecidas por la tecnología actual, permiten superar los límites tradicionales y hacernos sentir ciudadanos del mundo.

Otro campo importante en el que se ha madurado es la nueva sensibilidad ecológica, la cual merece ser alentada. También son factores de esperanza los grandes progresos de la medicina y de las ciencias aplicadas al bienestar del hombre.

Así pues, hay tantos motivos por los que debemos dar gracias a Dios. A pesar de todo, este final de siglo presenta grandes posibilidades de paz y de progreso. De las mismas pruebas por las que ha pasado nuestra generación surge una luz capaz de iluminar los años de nuestra vejez. Se confirma así un principio muy entrañable para la tradición cristiana: “ Las tribulaciones no sólo no destruyen la esperanza, sino que son su fundamento ”.(8)

Por tanto, mientras el siglo y el milenio están llegando a su ocaso y se vislumbra ya el alba de una nueva época para la humanidad, es importante que nos detengamos a meditar sobre la realidad del tiempo que pasa con rapidez, no para resignarnos a un destino inexorable, sino para valorar plenamente los años que nos quedan por vivir.

El otoño de la vida

5. ¿Qué es la vejez? A veces se habla de ella como del otoño de la vida —como ya decía Cicerón (9) —, por analogía con las estaciones del año y la sucesión de los ciclos de la naturaleza. Basta observar a lo largo del año los cambios de paisaje en la montaña y en la llanura, en los prados, los valles y los bosques, en los árboles y las plantas. Hay una gran semejanza entre los biorritmos del hombre y los ciclos de la naturaleza, de la cual él mismo forma parte.

Al mismo tiempo, sin embargo, el hombre se distingue de cualquier otra realidad que lo rodea porque es persona. Plasmado a imagen y semejanza de Dios, es un sujeto consciente y responsable. Aún así, también en su dimensión espiritual el hombre experimenta la sucesión de fases diversas, igualmente fugaces. A San Efrén el Sirio le gustaba comparar la vida con los dedos de una mano, bien para demostrar que los dedos no son más largos de un palmo, bien para indicar que cada etapa de la vida, al igual que cada dedo, tiene una característica peculiar, y “ los dedos representan los cinco peldaños sobre los que el hombre avanza ”.(10)

Por tanto, así como la infancia y la juventud son el periodo en el cual el ser humano está en formación, vive proyectado hacia el futuro y, tomando conciencia de sus capacidades, hilvana proyectos para la edad adulta, también la vejez tiene sus ventajas porque —como observa San Jerónimo—, atenuando el ímpetu de las pasiones, “ acrecienta la sabiduría, da consejos más maduros ”.(11) En cierto sentido, es la época privilegiada de aquella sabiduría que generalmente es fruto de la experiencia, porque “ el tiempo es un gran maestro ”.(12) Es bien conocida la oración del Salmista: “ Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato ” (Sal 90 [89], 12).

Los ancianos en la Sagrada Escritura

6. “ Juventud y pelo negro, vanidad ”, observa el Eclesiastés (11, 10). La Biblia no se recata en llamar la atención sobre la caducidad de la vida y del tiempo, que pasa inexorablemente, a veces con un realismo descarnado: “ ¡Vanidad de vanidades! [...] ¡vanidad de vanidades, todo vanidad! ” (Qo 1, 2). ¿Quién no conoce esta severa advertencia del antiguo Sabio? Nosotros los ancianos, especialmente nosotros, enseñados por la experiencia, lo entendemos muy bien.

No obstante este realismo desencantado, la Escritura conserva una visión muy positiva del valor de la vida. El hombre sigue siendo un ser creado “ a imagen de Dios ” (cf. Gn 1, 26) y cada edad tiene su belleza y sus tareas. Más aún, la palabra de Dios muestra una gran consideración por la edad avanzada, hasta el punto de que la longevidad es interpretada como un signo de la benevolencia divina (cf. Gn 11, 10-32). Con Abraham, del cual se subraya el privilegio de la ancianidad, dicha benevolencia se convierte en promesa: “ De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra ” (Gn 12, 2-3). Junto a él está Sara, la mujer que vio envejecer su propio cuerpo pero que experimentó, en la limitación de la carne ya marchita, el poder de Dios, que suple la insuficiencia humana. Moisés es ya anciano cuando Dios le confía la misión de hacer salir de Egipto al pueblo elegido. Las grandes obras realizadas en favor de Israel por mandato del Señor no las lleva a cabo en su juventud, sino ya entrado en años. Entre otros ejemplos de ancianos, quisiera citar la figura de Tobías, el cual, con humildad y valentía, se compromete a observar la ley de Dios, a ayudar a los necesitados y a soportar con paciencia la ceguera hasta que experimenta la intervención finalmente sanadora del ángel de Dios (cf. Tb 3, 16-17); también la de Eleazar, cuyo martirio es un testimonio de singular generosidad y fortaleza (cf. 2 Mac 6, 18-31).

7. El Nuevo Testamento, inundado de la luz de Cristo, nos ofrece asimismo figuras elocuentes de ancianos. El Evangelio de Lucas comienza presentando una pareja de esposos “ de avanzada edad ” (1, 7), Isabel y Zacarías, los padres de Juan Bautista. A ellos se dirige la misericordia del Señor (cf. Lc 1, 5-25. 39-79); a Zacarías, ya anciano, se le anuncia el nacimiento de un hijo. Lo subraya él mismo: “ yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad ” (Lc 1, 18). Durante la visita de María, su anciana prima Isabel, llena del Espíritu Santo, exclama: “ Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno ” (Lc 1, 42). Al nacer Juan Bautista, Zacarías proclama el himno del Benedictus. He aquí una admirable pareja de ancianos, animada por un profundo espíritu de oración.

En el templo de Jerusalén, María y José, que habían llevado a Jesús para ofrecerlo al Señor o, mejor dicho, para rescatarlo como primogénito según la Ley, se encuentran con el anciano Simeón, que durante tanto tiempo había esperado la venida del Mesías. Tomando al niño en sus brazos, Simeón bendijo a Dios y entonó el Nunc dimitis: “ Ahora, Señor, puedes, según tu
palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz... ” (Lc 2, 29).

Junto a él encontramos a Ana, una viuda de ochenta y cuatro años que frecuentaba asiduamente el Templo y que tuvo en aquella ocasión el gozo de ver a Jesús. Observa el Evangelista que se puso a alabar a Dios “ y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén ” (Lc 2, 38).

Anciano es Nicodemo, notable miembro del Sanedrín, que visita a Jesús por la noche para que no lo vean. El divino Maestro le revelará que el Hijo de Dios es Él, venido para salvar al mundo (cf. Jn 3, 1-21). Volvemos a encontrar a Nicodemo en el momento de la sepultura de Cristo, cuando, llevando una mezcla de mirra y áloe, supera el miedo y se manifiesta como discípulo del Crucificado (cf. Jn 19, 38-40). ¡Qué testimonios tan confortadores! Nos recuerdan cómo el Señor, en cualquier edad, pide a cada uno que aporte sus propios talentos. ¡El servicio al Evangelio no es una cuestión de edad!

Y, ¿qué podemos decir del anciano Pedro, llamado a dar testimonio de su fe con el martirio? Un día, Jesús le había dicho: “cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras ” (Jn 21, 18). Como Sucesor de Pedro, estas palabras me afectan muy directamente y me hacen sentir profundamente la necesidad de tender las manos hacia las de Cristo, obedeciendo su mandato: “ Sígueme ” (Jn 21, 19).

8. El Salmo 92 [91], como sintetizando los maravillosos testimonios de ancianos que encontramos en la Biblia, proclama: “ El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano; [...] En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso para proclamar que el Señor es justo ” (13, 15-16). El apóstol Pablo, haciéndose eco del Salmista, escribe en la carta a Tito: “ que los ancianos sean sobrios, dignos, sensatos, sanos en la fe, en la caridad, en la paciencia, en el sufrimiento; que las ancianas asimismo sean en su porte cual conviene a los santos [...]; para que enseñen a las jóvenes a ser amantes de sus maridos y de sus hijos ” (2, 2-5).

Así pues, a la luz de la enseñanza y según la terminología propia de la Biblia, la vejez se presenta como un “ tiempo favorable ” para la culminación de la existencia humana y forma parte del proyecto divino sobre cada hombre, como ese momento de la vida en el que todo confluye, permitiéndole de este modo comprender mejor el sentido de la vida y alcanzar la “ sabiduría del corazón ”. “ La ancianidad venerable —advierte el libro de la Sabiduría— no es la de los muchos días ni se mide por el número de años; la verdadera canicie para el hombre es la prudencia, y la edad provecta, una vida inmaculada ” (4, 8-9). Es la etapa definitiva de la madurez humana y, a la vez, expresión de la bendición divina.

Depositarios de la memoria colectiva

9. En el pasado se tenía un gran respeto por los ancianos. A este propósito, el poeta latino Ovidio escribía: “ En un tiempo, había una gran reverencia por la cabeza canosa ”.(13) Siglos antes, el poeta griego Focílides amonestaba: “ Respeta el cabello blanco: ten con el anciano sabio la misma consideración que tienes con tu padre ”.(14)

Si nos detenemos a analizar la situación actual, constatamos cómo, en algunos pueblos, la ancianidad es tenida en gran estima y aprecio; en otros, sin embargo, lo es mucho menos a causa de una mentalidad que pone en primer término la utilidad inmediata y la productividad del hombre. A causa de esta actitud, la llamada tercera o cuarta edad es frecuentemente infravalorada, y los ancianos mismos se sienten inducidos a preguntarse si su existencia es todavía útil.

Se llega incluso a proponer con creciente insistencia la eutanasia como solución para las situaciones difíciles. Por desgracia, el concepto de eutanasia ha ido perdiendo en estos años para muchas personas aquellas connotaciones de horror que suscita naturalmente en quienes son sensibles al respeto de la vida. Ciertamente, puede suceder que, en casos de enfermedad grave, con dolores insoportables, las personas aquejadas sean tentadas por la desesperación, y que sus seres queridos, o los encargados de su cuidado, se sientan impulsados, movidos por una compasión malentendida, a considerar como razonable la solución de una “ muerte dulce ”. A este propósito, es preciso recordar que la ley moral consiente la renuncia al llamado “ensañamiento terapéutico ”, exigiendo sólo aquellas curas que son parte de una normal asistencia médica. Pero eso es muy diverso de la eutanasia, entendida como provocación directa de la muerte. Más allá de las intenciones y de las circunstancias, la eutanasia sigue siendo un acto intrínsecamente malo, una violación de la ley divina, una ofensa a la dignidad de la persona humana.(15)

10. Es urgente recuperar una adecuada perspectiva desde la cual se ha de considerar la vida en su conjunto. Esta perspectiva es la eternidad, de la cual la vida es una preparación, significativa en cada una de sus fases. También la ancianidad tiene una misión que cumplir en el proceso de progresiva madurez del ser humano en camino hacia la eternidad. De esta madurez se beneficia el mismo grupo social del cual forma parte el anciano.

Los ancianos ayudan a ver los acontecimientos terrenos con más sabiduría, porque las vicisitudes de la vida los han hecho expertos y maduros. Ellos son depositarios de la memoria colectiva y, por eso, intérpretes privilegiados del conjunto de ideales y valores comunes que rigen y guían la convivencia social. Excluirlos es como rechazar el pasado, en el cual hunde sus raíces el presente, en nombre de una modernidad sin memoria. Los ancianos, gracias a su madura experiencia, están en condiciones de ofrecer a los jóvenes consejos y enseñanzas preciosas.

Desde esta perspectiva, los aspectos de la fragilidad humana, relacionados de un modo más visible con la ancianidad, son una llamada a la mutua dependencia y a la necesaria solidaridad que une a las generaciones entre sí, porque toda persona está necesitada de la otra y se enriquece con los dones y carismas de todos.

A este respecto son elocuentes las consideraciones de un poeta que aprecio, el cual escribe: “ No es eterno sólo el futuro, ¡no sólo!... Sí, también el pasado es la era de la eternidad: lo que ya ha sucedido, no volverá hoy como antes... Volverá, sin embargo, como Idea, no volverá como él mismo ”(16).

“ Honra a tu padre y a tu madre ”

11. ¿Por qué, entonces, no seguir tributando al anciano aquel respeto tan valorado en las sanas tradiciones de muchas culturas en todos los continentes? Para los pueblos del ámbito influenciado por la Biblia, la referencia ha sido, a través de los siglos, el mandamiento del Decálogo: “ Honra a tu padre y a tu madre ”, un deber, por lo demás, reconocido universalmente. De su plena y coherente aplicación no ha surgido solamente el amor de los hijos a los padres, sino que también se ha puesto de manifiesto el fuerte vínculo que existe entre las generaciones. Donde el precepto es reconocido y cumplido fielmente, los ancianos saben que no corren peligro de ser considerados un peso inútil y embarazoso.

El mandamiento enseña, además, a respetar a los que nos han precedido y todo el bien que han hecho: “ tu padre y tu madre ” indican el pasado, el vínculo entre una generación y otra, la condición que hace posible la existencia misma de un pueblo. Según la doble redacción propuesta por la Biblia (cf. Ex 20, 2-17; Dt 5, 6-21), este mandato divino ocupa el primer puesto en la segunda Tabla, la que concierne a los deberes del ser humano hacia sí mismo y hacia la sociedad. Es el único al que se añade una promesa: “ Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar ” (Ex 20, 12; cf. Dt 5, 16).

12. “ Ponte en pie ante las canas y honra el rostro del anciano ” (Lv 19, 32). Honrar a los ancianos supone un triple deber hacia ellos: acogerlos, asistirlos y valorar sus cualidades. En muchos ambientes eso sucede casi espontáneamente, como por costumbre inveterada. En otros, especialmente en las Naciones desarrolladas, parece obligado un cambio de tendencia para que los que avanzan en años puedan envejecer con dignidad, sin temor a quedar reducidos a personas que ya no cuenta nada. Es preciso convencerse de que es propio de una civilización plenamente humana respetar y amar a los ancianos, porque ellos se sienten, a pesar del debilitamiento de las fuerzas, parte viva de la sociedad. Ya observaba Cicerón que “ el peso de la edad es más leve para el que se siente respetado y amado por los jóvenes ”.(17)

El espíritu humano, por lo demás, aún participando del envejecimiento del cuerpo, en un cierto sentido permanece siempre joven si vive orientado hacia lo eterno; esta perenne juventud se experimenta mejor cuando, al testimonio interior de la buena conciencia, se une el afecto atento y agradecido de las personas queridas. El hombre, entonces, como escribe San Gregorio Nacianceno, “ no envejecerá en el espíritu: aceptará la disolución del cuerpo como el momento establecido para la necesaria libertad. Dulcemente transmigrará hacia el más allá donde nadie es inmaduro o viejo, sino que todos son perfectos en la edad espiritual ”.(18)

Todos conocemos ejemplos elocuentes de ancianos con una sorprendente juventud y vigor de espíritu. Para quien los trata de cerca, son estímulo con sus palabras y consuelo con el ejemplo. Es de desear que la sociedad valore plenamente a los ancianos, que en algunas regiones del mundo —pienso en particular en África— son considerados justamente como “bibliotecas vivientes ” de sabiduría, custodios de un inestimable patrimonio de testimonios humanos y espirituales. Aunque es
verdad que a nivel físico tienen generalmente necesidad de ayuda, también es verdad que, en su avanzada edad, pueden ofrecer apoyo a los jóvenes que en su recorrido se asoman al horizonte de la existencia para probar los distintos caminos.

Mientras hablo de los ancianos, no puedo dejar de dirigirme también a los jóvenes para invitarlos a estar a su lado. Os exhorto, queridos jóvenes, a hacerlo con amor y generosidad. Los ancianos pueden daros mucho más de cuanto podáis imaginar. En este sentido, el Libro del Eclesiástico dice: “ No desprecies lo que cuentan los viejos, que ellos también han aprendido de sus padres ” (8, 9); “ Acude a la reunión de los ancianos; ¿que hay un sabio?, júntate a él ” (6, 34); porque “ ¡qué bien parece la sabiduría en los viejos! ” (25, 5).

13. La comunidad cristiana puede recibir mucho de la serena presencia de quienes son de edad avanzada. Pienso, sobre todo, en la evangelización: su eficacia no depende principalmente de la eficiencia operativa. ¡En cuantas familias los nietos reciben de los abuelos la primera educación en la fe! Pero la aportación beneficiosa de los ancianos puede extenderse a otros muchos campos. El Espíritu actúa como y donde quiere, sirviéndose no pocas veces de medios humanos que cuentan poco a los ojos del mundo. ¡Cuántos encuentran comprensión y consuelo en las personas ancianas, solas o enfermas, pero capaces de infundir ánimo mediante el consejo afectuoso, la oración silenciosa, el testimonio del sufrimiento acogido con paciente abandono! Precisamente cuando las energías disminuyen y se reducen las capacidades operativas, estos hermanos y hermanas nuestros son más valiosos en el designio misterioso de la Providencia.

También desde esta perspectiva, por tanto, además de la evidente exigencia psicológica del anciano mismo, el lugar más natural para vivir la condición de ancianidad es el ambiente en el que él se siente “ en casa ”, entre parientes, conocidos y amigos, y donde puede realizar todavía algún servicio. A medida que se prolonga la media de vida y crece del número de los ancianos, será cada vez más urgente promover esta cultura de una ancianidad acogida y valorada, no relegada al margen. El ideal sigue siendo la permanencia del anciano en la familia, con la garantía de eficaces ayudas sociales para las crecientes necesidades que conllevan la edad o la enfermedad. Sin embargo, hay situaciones en las que las mismas circunstancias aconsejan o imponen el ingreso en “ residencias de ancianos ”, para que el anciano pueda gozar de la compañía de otras personas y recibir una asistencia específica. Dichas instituciones son, por tanto, loables y la experiencia dice que pueden dar un precioso servicio, en la medida en que se inspiran en criterios no sólo de eficacia organizativa, sino también de una atención afectuosa. Todo es más fácil, en este sentido, si se establece una relación con cada uno de los ancianos residentes por parte de familiares, amigos y comunidades parroquiales, que los ayude a sentirse personas amadas y todavía útiles para la sociedad. Sobre este particular, ¿cómo no recordar con admiración y gratitud a las Congregaciones religiosas y los grupos de voluntariado, que se dedican con especial cuidado precisamente a la asistencia de los ancianos, sobre todo de aquellos más pobres, abandonados o en dificultad?

Mis queridos ancianos, que os encontráis en precarias condiciones por la salud u otras circunstancias, me siento afectuosamente cercano a vosotros. Cuando Dios permite nuestro sufrimiento por la enfermedad, la soledad u otras razones relacionadas con la edad avanzada, nos da siempre la gracia y la fuerza para que nos unamos con más amor al sacrifico del Hijo y participemos con más intensidad en su proyecto salvífico. Dejémonos persuadir: ¡Él es Padre, un Padre rico de amor y misericordia! Pienso de modo especial en vosotros, viudos y viudas, que os habéis quedado solos en el último tramo de la vida; en vosotros, religiosos y religiosas ancianos, que por muchos años habéis servido fielmente a la causa del Reino de los cielos; en vosotros, queridos hermanos en el Sacerdocio y en el Episcopado, que por alcanzar los límites de edad habéis dejado la responsabilidad directa del ministerio pastoral. La Iglesia aún os necesita. Ella aprecia los servicios que podéis seguir prestando en múltiples campos de apostolado, cuenta con vuestra oración constante, espera vuestros consejos fruto de la experiencia, y se enriquece del testimonio evangélico que dais día tras día.

“ Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia ”
(Sal 15 [16], 11)


14. Es natural que, con el paso de los años, llegue a sernos familiar el pensamiento del “ ocaso de la vida ”. Nos lo recuerda, al menos, el simple hecho de que la lista de nuestros parientes, amigos y conocidos se va reduciendo: nos damos cuenta de ello en varias circunstancias, por ejemplo, cuando nos juntamos en reuniones de familia, encuentros con nuestros compañeros de la infancia, del colegio, de la universidad, del servicio militar, con nuestros compañeros del seminario... El límite entre la vida y la muerte recorre nuestras comunidades y se acerca a cada uno de nosotros inexorablemente. Si la vida es una peregrinación hacia la patria celestial, la ancianidad es el tiempo en el que más naturalmente se mira hacia umbral de la eternidad.

Sin embargo, también a nosotros, ancianos, nos cuesta resignarnos ante la perspectiva de este paso. En efecto, éste presenta, en la condición humana marcada por el pecado, una dimensión de oscuridad que necesariamente nos entristece y nos da miedo. En realidad, ¿cómo podría ser de otro modo? El hombre está hecho para la vida, mientras que la muerte —como la Escritura nos explica desde las primeras páginas (cf. Gn 2-3)— no estaba en el proyecto original de Dios, sino que ha entrado sutilmente a consecuencia del pecado, fruto de la “ envidia del diablo ” (Sb 2, 24). Se comprende entonces por qué, ante esta tenebrosa realidad, el hombre reacciona y se rebela. Es significativo, en este sentido, que Jesús mismo, “ probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado ” (Hb 4, 15), haya tenido miedo ante la muerte: “ Padre mío, si es posible, que pase de mí
esta copa ” (Mt 26, 39). Y ¿cómo olvidar sus lágrimas ante la tumba del amigo Lázaro, a pesar de que se disponía a resucitarlo (cf. Jn 11, 35)?

Aún cuando la muerte sea racionalmente comprensible bajo el aspecto biológico, no es posible vivirla como algo que nos resulta “ natural ”. Contrasta con el instinto más profundo del hombre. A este propósito ha dicho el Concilio: “ Ante la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su culmen. El hombre no sólo es atormentado por el dolor y la progresiva disolución del cuerpo, sino también, y aún más, por el temor de la extinción perpetua ”.(19)

Ciertamente, el dolor no tendría consuelo si la muerte fuera la destrucción total, el final de todo. Por eso, la muerte obliga al hombre a plantearse las preguntas radicales sobre el sentido mismo de la vida: ¿qué hay más allá del muro de sombra de la muerte? ¿Es ésta el fin definitivo de la vida o existe algo que la supera?

15. No faltan, en la cultura de la humanidad, desde los tiempos más antiguos hasta nuestros días, respuestas reductivas, que limitan la vida a la que vivimos en esta tierra. Incluso en el Antiguo Testamento, algunas observaciones del Libro del Eclesiastés hacen pensar en la ancianidad como en un edificio en demolición y en la muerte como en su total y definitiva destrucción (cf. 12, 1-7). Pero, precisamente a la luz de estas respuestas pesimistas, adquiere mayor relieve la perspectiva llena de esperanza que se deriva del conjunto de la Revelación y especialmente del Evangelio: Dios “ no es un Dios de muertos, sino de vivos ” (Lc 20, 38). Como afirma el apóstol Pablo, el Dios que da vida a los muertos (cf. Rm 4, 17) dará la vida también a nuestros cuerpos mortales (cf. ibíd., 8, 11). Y Jesús dice de sí mismo: “ Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás ” (Jn 11, 25-26).

Cristo, habiendo cruzado los confines de la muerte, ha revelado la vida que hay más allá de este límite, en aquel “ territorio ” inexplorado por el hombre que es la eternidad. Él es el primer Testigo de la vida inmortal; en Él la esperanza humana se revela plena de inmortalidad. “ Aunque nos entristece la certeza de la muerte, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad ”.(20) A estas palabras, que la Liturgia ofrece a los creyentes como consuelo en la hora de la despedida de una persona querida, sigue un anuncio de esperanza: “ Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo ”.(21) En Cristo, la muerte, realidad dramática y desconcertante, es rescatada y transformada, hasta presentarse como una “ hermana ” que nos conduce a los brazos del Padre.(22)

16. La fe ilumina así el misterio de la muerte e infunde serenidad en la vejez, no considerada y vivida ya como espera pasiva de un acontecimiento destructivo, sino como acercamiento prometedor a la meta de la plena madurez. Son años para vivir con un sentido de confiado abandono en las manos de Dios, Padre providente y misericordioso; un periodo que se ha de utilizar de modo creativo con vistas a profundizar en la vida espiritual, mediante la intensificación de la oración y el compromiso de una dedicación a los hermanos en la caridad.

Por eso son loables todas aquellas iniciativas sociales que permiten a los ancianos, ya el seguir cultivándose física, intelectualmente o en la vida de relación, ya el ser útiles, poniendo a disposición de los otros el propio tiempo, las propias capacidades y la propia experiencia. De este modo, se conserva y aumenta el gusto de la vida, don fundamental de Dios. Por otra parte, este gusto por la vida no contrarresta el deseo de eternidad, que madura en cuantos tienen una experiencia espiritual
profunda, como bien nos enseña la vida de los Santos.

El Evangelio nos recuerda, a este propósito, las palabras del anciano Simeón, que se declara preparado para morir una vez que ha podido estrechar entre sus brazos al Mesías esperado: “ Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación ” (Lc 2, 29-30). El apóstol Pablo se debatía, apremiado por ambas partes, entre el deseo de seguir viviendo para anunciar el Evangelio y el anhelo de “ partir y estar con Cristo ” (Flp 1, 23). San Ignacio de Antioquía nos dice que, mientras iba gozoso a sufrir el martirio, oía en su interior la voz del Espíritu Santo, como “ agua ” viva que le brotaba de dentro y le susurraba la invitación: “ Ven al Padre ”.(23) Los ejemplos podrían continuar aún. En modo alguno ensombrecen el valor de la vida terrena, que es bella a pesar de las limitaciones y los sufrimientos, y ha de ser vivida hasta el final. Pero nos recuerdan que no es el valor último, de tal manera que, desde una perspectiva cristiana, el ocaso de la existencia terrena tiene los rasgos característicos de un “ paso ”, de un puente tendido desde la vida a la vida, entre la frágil e insegura alegría de esta tierra y la alegría plena que el Señor reserva a sus siervos fieles: “ ¡Entra en el gozo de tu Señor! ” (Mt 25, 21).

Un augurio de vida

17. Con este espíritu, mientras os deseo, queridos hermanos y hermanas ancianos, que viváis serenamente los años que el Señor haya dispuesto para cada uno, me resulta espontáneo compartir hasta el fondo con vosotros los sentimientos que me animan en este tramo de mi vida, después de más de veinte años de ministerio en la sede de Pedro, y a la espera del tercer milenio ya a las puertas. A pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad, conservo el gusto de la vida. Doy gracias al Señor por ello. Es hermoso poderse gastar hasta el final por la causa del Reino de Dios.

Al mismo tiempo, encuentro una gran paz al pensar en el momento en el que el Señor me llame: ¡de vida a vida! Por eso, a menudo me viene a los labios, sin asomo de tristeza alguna, una oración que el sacerdote recita después de la celebración eucarística: In hora mortis meae voca me, et iube me venire ad te; en la hora de mi muerte llámame, y mándame ir a ti. Es la oración de la esperanza cristiana, que nada quita a la alegría de la hora presente, sino que pone el futuro en manos de la divina bondad.

18. “ Iube me venire ad te!: éste es el anhelo más profundo del corazón humano, incluso para el que no es consciente de ello.

Concédenos, Señor de la vida, la gracia de tomar conciencia lúcida de ello y de saborear como un don, rico de ulteriores promesas, todos los momentos de nuestra vida.

Haz que acojamos con amor tu voluntad, poniéndonos cada día en tus manos misericordiosas.

Cuando venga el momento del “ paso ” definitivo, concédenos afrontarlo con ánimo sereno, sin pesadumbre por lo que dejemos. Porque al encontrarte a Ti, después de haberte buscado tanto, nos encontraremos con todo valor auténtico experimentado aquí en la tierra, junto a quienes nos han precedido en el signo de la fe y de la esperanza.

Y tú, María, Madre de la humanidad peregrina, ruega por nosotros “ ahora y en la hora de nuestra muerte ”. Manténnos siempre muy unidos a Jesús, tu Hijo amado y hermano nuestro, Señor de la vida y de la gloria.

¡Amén!

Vaticano, 1 de octubre de 1999.

El Decalogo de la Ancianidad


a) Derecho a la Asistencia: Todo anciano tiene derecho a su protección integral por cuenta de su familia. En caso de desamparo, corresponde al Estado proveer a dicha protección, ya sea en forma directa o por intermedio de los institutos o fundaciones creados, o que se crearen, con ese fin, sin perjuicio de subrogación del Estado o de dichos institutos para demandar a los familiares remisos y solventes los aportes correspondientes.

b) Derecho a la Vivienda: El derecho a un albergue higiénico con un mínimo de comodidades hogareñas es inherente a la condición humana.


c) Derecho a la Alimentación: La alimentación sana y adecuada a la edad y estado físico de cada uno debe ser contemplada en forma particular.

d) Derecho al Vestido: El vestido decoroso y apropiado al clima completa el derecho anterior.

e) Derecho al Cuidado de la Salud Física: El cuidado de la salud física de los ancianos ha de ser preocupación especialista y permanente.

f) Derecho al Cuidado de la Salud Moral: Debe asegurarse el libre ejercicio de las expansiones espirituales, concordes con la moral y el culto.

g) Derecho al Esparcimiento: Ha de reconocerse a la ancianidad el derecho de gozar mesuradamente de un mínimo de entretenimientos para que pueda sobrellevar con satisfacción sus horas de espera.

h) Derecho al Trabajo: Cuando su estado y condiciones lo permitan, la ocupación por medio de laborterapia productiva ha de ser facilitada. Se evitará así la disminución de la personalidad.

i) Derecho a la Expansión: Gozar de tranquilidad, libre de angustias y preocupaciones en los últimos años de existencia, es patrimonio del anciano.

j) Derecho al Respeto: La ancianidad tiene derecho al respeto y consideración de sus semejantes.

Fuente: Maria Eva Duarte de Peron

Solo dejando para su reflexion, realmente cumplimos este decalogo? Pensemos bien.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Johanna Quaas


 
Johanna Quaas
Pese a su larga carrera en el mundo de la gimnasia, Johanna Quaas, "la abuela gimnasta", como ya se la conoce en internet, ha deslumbrado hace poco, concretamente en el concurso alemán Cottbus World Cup donde dejó al público asombrado.
No es para menos, no todos los días en una competición de gimnasia se puede ver a una mujer de 86 años enfundada en un maillot verde haciendo piruetas, volteretas, giros y superando diversas pruebas con la destreza y la elasticidad de una chica de 20 años.
En la Cottbus World Cup, el público alemán quedó impresionado nada más verla, aunque lo que no esperaban tampoco era la gracia y la elasticidad que esta mujer llegó a desprender en el concurso. Finalmente, se ganó la ovación del público que se puso de pie para aplaudirla.
Según informa el Daily Mail, Quaas lleva 66 años practicando deporte y reafirmando el popular refrán de "a la vejez, viruelas". La competidora ha demostrado que pasados los 80 años se puede seguir gozando de un buen estado físico que permita realizar estos giros y piruetas.
Según el Daily Mail, su destreza en mundo de la gimnasia no es la única, ya que también fue miembro del equipo campeón de balonmano de Alemania del Este.

Fuente: madrid2noticias.com